Domingo XI del tiempo ordinario

Hermanos muy amados en el Señor:

Es evidente que el nuestro no es un mundo ideal: en el llamado tercer mundo, la inmensa mayoría de los seres humanos pasa hambre, en cualquier parte del planeta muchas personas perecen abatidas por enfermedades mortales, y la confrontación de intereses provoca guerras fratricidas en varios lugares a la vez.

En nuestro mundo industrializado y rico -llamado eufemísticamente primer mundo- muchas personas van perdiendo el norte por culpa de ideologías extremas y, llevadas por la desorientación, han abandonado la referencia a Dios y olvidado las prácticas religiosas. Entonces han puesto toda su confianza en la ciencia, la técnica y el dinero. Algunos, también en el poder y el dominio sobre los demás. Un porcentaje importante de familias están desintegradas, y muchos niños y adolescentes padecen la falta de referencia al núcleo familiar vivo y estable. Mucha gente funciona como un río desbordado que no sabe a donde va, y, no pocos se sumergen en un ambiente de ruidos ensordecedores y procuran evadirse, aferrados a una máquina que gira frenéticamente.

El Evangelio nos ha dicho: Al ver Jesús a las gentes, se compadeció de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces, Jesús llamó a los apóstoles y les mandó que fuesen a las ovejas perdidas del pueblo de Israel, y les dijo: Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Como queriendo anunciar que Dios tiene preparado un proyecto para reparar tan lamentable situación.

El camino de redención para la humanidad perdida consiste en volver de nuevo la mirada hacia Dios, para que él nos pueda tomar sobre alas de águila y atraernos hacia sí, como lo hizo en otro tiempo con los hebreos maltratados en Egipto. Pero el estilo de Dios no ha sido ni será nunca forzar la marcha de la humanidad. Al contrario, respetando regiamente su libertad, la invitará a tomar un nuevo camino que conduce a la libertad y a la felicidad. Lo ha dicho el libro del Éxodo: Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos porque mía es toda la tierra; seréis para mi un reino de sacerdotes y una nación santa.

Este mensaje de salvación, explícito ya en el Antiguo Testamento, resulta más evidente con la venida de Jesucristo. Su presencia entre nosotros es la prueba más clara de la no indiferencia de Dios ante el sufrimiento y la desorientación de los hombres. Con el Hijo, Dios nos ha hecho don de todos los bienes y nos ha transmitido un mensaje de compasión para todos aquellos que quieran escucharlo. En Jesús está nuestra salvación y nuestra vida; vida y salvación que nunca nos será impuesta, sino ofrecida generosamente. Esta es la grandeza y el riesgo de nuestra libertad.