Domingo V de Pascua

Amados hermanos en el Señor resucitado:

Estoy seguro de que nos ha alcanzado favorablemente la recomendación de Jesús en el Evangelio de hoy, cuando decía: Que no tiemble vuestro corazón. Jesús nos quiere infundir aquella serenidad que sentimos cuando estamos libres de preocupaciones interiores y de presiones venidas de fuera; la tranquilidad que experimentamos cuando nada nos turba mirando al pasado, nada nos oprime en el presente y vemos el futuro claro y positivo..

Lo que Jesús pretende, cuando nos invita a tranquilizarnos, es iluminar nuestro futuro. No se trata evidentemente de nuestro futuro inmediato sobre, por ejemplo, nuestra salud, el éxito de la empresa que traemos entre manos, o de nuestra relación con la familia y los amigos. El futuro a que se refiere Jesús es nuestro destino final, el buen resultado de la totalidad de nuestra vida, nuestra salvación espiritual.

Si pensamos en la corta duración de las cosas de este mundo y en lo poco que valen; mayormente si atendemos a que están siempre colgadas de un hilo, entenderemos mejor que nuestra mirada debería estar puesta principalmente en el éxito final de nuestro peregrinaje. Orientar bien la vida, saber a donde vamos y confiar alcanzar aquella meta, es fuente perenne de serenidad y bienestar, ya ahora mismo. Es lo que nos propone Jesús.

Una disposición interior de esta categoría se llama confianza. Vivir firmemente en la confianza de un devenir es poseerlo de antemano, es disfrutarlo desde el mismo momento en que confiamos conseguirlo. Por ello Jesús nos dice: Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias (...) Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros.

Para ir a la casa del Padre hay un solo camino: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Jesús ha esta puesto delante de la humanidad entera para que haga posible y fácil el camino de acceso. La imagen del Buen Pastor del domingo pasado quería expresar la misma dádiva: Él es el adalid, el guía, el camino. Su promesa es clara y concreta: Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros.

Y, porque Jesús es el único camino de salvación, para los que no quieren conocerle ni seguirlo, se ha convertido en piedra angular, en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Somos conscientes de que lo que estamos comentando es un misterio, pero parece claro que, o creemos en Jesús, o no tenemos parte en él. Verdaderamente, todo lo que hace referencia a Dios y a nuestra relación con él va más allá de toda reflexión humana. Sin embargo es muy razonable asentir al misterio que nos ha sido revelado con palabras y signos. En definitiva, la resurrección de Jesús es el sello irrefutable del proyecto de salvación de Dios para toda la humanidad.