Domingo II de Pascua

Amigos muy queridos en el Señor:

Jesucristo ha resucitado. Lo aclamamos y celebramos solemnemente el día de Pascua, y la alegría que nos infunde la fe en la resurrección nos acompaña de forma sugestiva, durante todo el tiempo pascual, hasta Pentecostés. Hoy precisamente, todas las lecturas bíblicas se hacen eco entusiasta de aquel acontecimiento.

Jesús se apareció de muy diversas maneras y en multitud de ocasiones a los apóstoles, para dar suporte a la fe de ellos, todavía incipiente y poco segura. El apóstol Tomás, que en la primera aparición se hallaba ausente, hizo gala de su escepticismo y dio pruebas de su amargura de fracasado, cuando exigió, no tan solo ver, sino incluso palpar el cuerpo del Resucitado. Ocho días más tarde pudo ver satisfechas sus exigencias y llegar a la humilde confesión de fe que expresó con estas palabras: ¡Jesús mío y Dios mío! Jesús le dijo: ¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Estos últimos somos nosotros, que sabemos, de acuerdo con toda la tradición, que Dios, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera que os está reservada en el cielo. Y San Pablo añade estas otras palabras : Siendo creyentes como sois el poder de Dios os guardará hasta que obtengáis la salvación que él os tiene preparada.

Haremos sabiamente, pues, si consolidamos la paz interior y la alegría que nace de una fe firme y de una esperanza cierta. La condición indispensable para ello es permanecer abiertos al don gratuito que Dios nos hace, ponernos en sus manos y dejar que él obre en nosotros, según la garantía que nos da su promesa, a causa de la muerte y resurrección de Jesús.

Pero creer, esperar y amar no es posible sin ordenar nuestra vida en la dirección de lo que esperamos. Nada puede esperar para el futuro aquél que piensa tenerlo todo o que espera conseguirlo todo en el tiempo presente. No puede sentir añoranza de una vida según el espíritu aquél que valora excesivamente la vida según la carne.

Las primeras comunidades nos sirven de gran ejemplo: Acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón. Evidentemente no debemos hacer al pie de la letra como ellos hacían, pero si vivimos en el señor, él nos dará a entender qué hemos de hacer concretamente ahora y como.