Domingo II de Cuaresma

Hermanos en el Señor:

La Liturgia de la palabra de este domingo ha comenzado con la vocación de Abraham. La vocación es básicamente una llamada al ejercicio de la libertad, una propuesta de elección. Se trata de una invitación a escoger entre dos o más caminos o actitudes por donde ha de discurrir nuestra vida. Decidirse por una opción comporta siempre renunciar a las otras. No nos es posible tenerlo todo, no pueden cohabitar en nosotros actitudes contradictorias. Si escogemos un estilo de vida que nos lleva directamente a Dios y, por tanto a nuestra felicidad, hemos de renunciar a aquellos otros que impiden aquel objetivo y desembocan en parajes sin salida.

En contrapartida a la renuncia, la vocación incluye en ella misma, una promesa de plenitud y de bien. Abraham, siguiendo la llamada de Dios, sale de su país, del clan de la casa de su padre, movido por el atractivo de una promesa divina que se refiere a un futuro repleto de grandeza, donde se vivirá plenamente en el marco de la divina voluntad. Para ello se ha de encaminar hacia un país que le será indicado en el momento preciso. Cuando lo haga, tendrá la posesión de aquel país y se convertirá en un gran pueblo, tendrá la bendición de Dios y su nombre será grande. Así comienza la Historia del Pueblo escogido a quien será dada la gracia y el favor del Señor.(...); y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

Nosotros entramos de lleno en esta Historia que comenzó con Abraham. San Pablo nos ha hablado de nuestra vocación, diciendo: El nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a luz la vida inmortal, por medio del evangelio.

Para seguir esta vocación nos será preciso renunciar a otras opciones, como son los ídolos, la incredulidad, el deseo desorbitado de bienes y de seguridades temporales, la arrogancia personal y el egoísmo empobrecedor. En otras palabras: se trata de optar claramente por Dios y sus designios como nuestro bien por excelencia, y relegar a un segundo lugar o dando las espaldas a todo lo demás.

A primera vista, seguir la vocación cristiana nos puede parecer como una renuncia demasiado fuerte, incluso como un empobrecimiento o un vacío insoportable. Como la invitación que recibió Abraham a dejar su tierra y su estirpe. Pero se interpone la promesa: la bendición de Dios, un nombre grande y un final glorioso. Y, de camino, una conciencia libre, despierta y tranquila; que es el mayor gozo que puede caber a un caminante.

Jesús había hablado a sus apóstoles de la proximidad de su pasión. Para que entendieran que era un paso necesario hacia su glorificación, se transfiguró delante de ellos y convirtió el monte Tabor en una escena modelo de cómo sería el acto final. El aspecto de Jesús transfigurado era tan admirable, que arrancó a Pedro esta exclamación: Señor: ¡Que bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Era una muestra de cómo será el final de los que son fieles a su vocación. Es el final glorioso que esperamos.