Domingo VII del tiempo ordinario

Amados hermanos:

Hemos escuchado en la primera lectura estas palabras desconcertantes: Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. Dios es santo por sí mismo, esencialmente: por su bondad, por su excelsitud, por su gloria. Dios es santo porque es absolutamente positivo, sin que pueda haber en él nada negativo que manche su imagen ni su gloria. Dios sólo es santo: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo.
Tan santo es Dios, que santifica todo aquello donde se hace presente. Santa es la montaña del Sinaí, porque allí Dios se comunicó a Moisés: Descálzate, que la tierra donde pisas es santa. Santos son los templos, santos son los objetos dedicados al culto, los cuales son consagrados con ritos especiales, y santo es el pueblo que Dios se ha escogido como heredad. Pero, por encima de todas las cosas, es santo Jesús, a causa de su filiación divina y por la presencia del Espíritu de Dios en él.
Confesamos, en consecuencia, que toda santidad viene de Dios y que no hay en el concierto de la creación más santidad que la suya, comunicada benévolamente a toda criatura que se le hace accesible. Para ello, la criatura se alejará del mal y orientará su propia vida hacia el bien. El libro del Deuteronomio lleva escrito: No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor. Así es como nos hacemos accesibles a Dios y nos disponemos para que él nos santifique.
Con este ejemplo y por este camino, entendemos que podemos llegar a ser santos y que, de alguna manera, ya lo somos a la medida en que dejamos que Dios esté presente en nosotros. San Pablo nos ha dicho: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.
Únicamente por la santidad que nos viene del Señor, podemos vivir las exigencias que Jesús nos propone en el Evangelio de hoy, como es: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos. (...) Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen.
Al escuchar estos requerimientos, podemos entender que sólo por la gracia de su don y de su presencia, podemos aspirar a una santidad semejante a la de Dios, según aquellas palabras de Jesús: Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir un sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Si somos santos con la santidad de Dios, podremos amar, perdonar y servir como él perdona y ama, como él se ocupa de todas sus criaturas.