Domingo IV del tiempo ordinario

Hermanos en el Señor:

Superfluo es decir que todo el mundo anda en busca de la felicidad. Y no faltan voces que nos la prometen, excitando más todavía nuestro deseo; quizás en nuestros tiempos de una manera escandalosa, cuando la publicidad se viste de gala, e invadiendo nuestra intimidad, nos ofrece tantas cosas atractivas a los sentidos, que se convierte en ardua tarea no dejarnos llevar a engaño. Lo primero que nos llega son las proclamas y los criterios del mundo, que cada vez gritan con mayor fuerza y descaro: Felices los ricos -nos dicen- felices los que se ríen, los que van hartos. Son ofertas que se reducen a proponernos que lo pasaremos bien, a contentarnos con un poco de placer físico, ruidoso y repetitivo. Un placer ligado al sexo, a la comida y bebida, a alucinar a los demás. Todo ello con un delirio que es prueba manifiesta del vacío interior.

Algunos no son capaces de ver más allá de este desolador panorama, que consiste en pasarlo bien algunos instantes, con un resabio de malestar existencial. En este caso, nada de vivir con el gozo interior del alma, sino estando siempre a la oportunidad que pasa, intentando cazar un poco de placer, si por ventura se pone a tiro.

En contra de todo ello, hoy hemos escuchado en las lecturas otra llamada: Buscad al Señor, los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación. Así -dice el profeta- pastarán y se tenderán sin sobresaltos. Dios es luz que brilla en el firmamento interior del hombre. ¿Quién, fuera de él puede hacer realidad la esperanza de felicidad que él mismo ha puesto en nosotros? Porque en verdad es Dios quien ha puesto en nosotros el deseo inextinguible de ser felices y esta fuerza interior que nos empuja a buscarla siempre. San Agustín lo escribió bellamente: Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto mientras no reposa en ti.

El Evangelio de hoy es la proclamación de la felicidad. En él, Jesús grita hasta ocho veces: ¡Felices! a los que escuchan su Buena Noticia. La felicidad que él promete no es la de pequeñas dosis -ahora sí; ahora no- sino un gozo en plenitud, que tiene su raíz en la fe: Feliz tú que has creído, le dice Elisabet a María. Es ésta una felicidad que se expande de dentro a fuera.

Es la felicidad que se halla buscando al Señor, creyendo en él y sabiéndose acogido y amado por él. La presencia de Dios en la vida -conocida y aceptada- crea un clima y unas disposiciones que aumentan progresivamente la felicidad. Es por ello que son felices los pobres en el espíritu, es decir: los humildes, los que pasan tribulación por causa de la justicia, los compasivos, los limpios de corazón, los que ponen paz en su entorno.

Hermanos: es hora de descubrir, aceptar y creer que nuestra felicidad está en Dios; que es Dios mismo y que, para ser felices, no necesitamos otra cosa que dejarnos llenar por él.