Epifanía del Señor

Amigos y hermanos míos:

Si Dios no tiene un lugar preeminente en la vida de las personas e incluso en las relaciones comunitarias, las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos; pero Dios tiene designios de bondad: ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Jerusalén es la ciudad elegida. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora, hasta que la gloria de Dios llene la tierra y todos los pueblos puedan ver con el corazón dilatado el misterio secreto: Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. Tan maravilloso estallido de paz y bienestar es el que celebramos en la fiesta de la Epifanía.

Mas, para que se haga realidad palpable la promesa que acabamos de ver, es preciso que nos levantemos, que salgamos de nuestro letargo, que deseemos aquella luz que amanece sobre ti. Es preciso que nos movamos, que abramos los ojos a la revelación que nos ha sido confiada. San Pablo nos dice: Se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos. Pero Pablo era un hombre despierto, inquieto; un hombre que no se contentaba con medias tintas, que lo desea todo y está dispuesto a todo. La revelación ya nos ha sido dada, pero pocos reciben la señal: la sintonía de muchos corazones se halla fija en otras señales más rimbombantes, o las antenas respectivas se encuentra oxidadas. La señal pasa a la vera misma, pero ellos no la pueden captar.

Bien al contrario, los personajes de la parábola del Evangelio: los magos de oriente. Su afán de conocer y de ser iluminados, les lleva a consultar los libros, a descifrar los signos. Y se hace la luz en su interior. Un día descubren una señal más contundente que ninguna otra, la estrella. El corazón les dice que detrás del signo existe un misterio, comprenden que ha llegado el tiempo de cumplirse sus deseos, que el resplandor de la gloria de Dios está cerca. Puntualmente se ponen en camino desafiando cualquiera dificultad y aceptando las más variopintas incomodidades. En manera alguna quieren esperar plácidamente sentados y rodeados de comodidades, a que la gloria de Dios les visite, si quiere. Ellos han de ser los beneficiados y, por ende, los que saldrán al encuentro de tan grande bien.

Nos quejamos, a veces, de que la luz del Señor no nos visita, o de que Dios no nos escucha ni nos habla, y nos olvidamos de abrir las Escrituras, de leer un libro adecuado o de pedir un consejo espiritual. Dicho de otro modo: no hemos aprendido a escuchar a nuestros interlocutores, ni aun siquiera la voz interior del Espíritu. Mantenemos nuestras ventanas interiores cerradas, y nos quejamos porque no nos da el sol. No sabemos leer los signos de los tiempos, por los que Dios nos habla en voz alta, y nos avenimos a lamentar que nuestro mundo va mal.

Volvamos a los magos de la parábola. Marchemos a su ritmo y destino, y nos ocurrirá lo que a ellos: Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría.