Domingo II de Adviento

Amados hermanos:

Adviento es tiempo de esperanza, y la esperanza se refiere a lo que deseamos tener y no poseemos todavía y, más intensamente, a aquello que quisiéramos vivamente ser y no somos aún. La esperanza, pues, demanda un proceso de cambio en nosotros mismos y a nuestro entorno: salir de las realidades negativas que experimentamos en nosotros, en la comunidad donde vivimos, en la administración de los bienes que poseemos. Esperanza en definitiva de un cambio a mejor que nos permita un presente más equilibrado y feliz, y la esperanza cierta de un más allá donde todo sea nuevo y perfecto.

Para responder a esta esperanza viva en el corazón de todos los hombres, se desviven los científicos, los políticos y los diversos movimientos sociales. Pero los resultados efímeros de tanto esfuerzo dan a entender que satisfacer las esperanzas justas de los hombres, es una tarea que sobrepasa la capacidad humana. Es como querer contener las aguas diluviales, cuando, mientras salvamos una zona, se nos inunda otra. Es evidente que ninguna astucia ni fuerza humanas pueden llegar al corazón del hombre para cambiarlo, siendo éste el que hay que renovar para llegar a unas relaciones óptimas y el mundo viva en paz y felicidad.

El profeta Isaías, convencido de esta realidad, e iluminado por Dios, profetiza que del tronco de Jesé, es decir, del pueblo de Dios, nacerá un Pimpollo, el Mesías, sobre quien reposará el Espíritu del Señor. El, con espíritu de conocimiento, de valentía y de piedad, traerá al mundo la justicia, y la lealtad, sentenciará a favor del pobre y transformará, desde dentro, a todos los que se le acercarán. Este cambio es ilustrado por Isaías con símbolos tan llamativos como éstos: Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos.

Transcurrido un tiempo después de la venida de Jesús, San Pablo escribe a los cristianos de Roma que aquellas profecías se han cumplido con la aparición del Mesías, el que hace realidad las expectativas del pueblo de Israel y sacia el hambre y sed de Dios y de salvación de todos los pueblos que, sin saberlo, buscan a Dios en la oscuridad. En él encontrarán todos la libertad y la satisfacción dos deseos más recónditos.

Para que florezca este cambio esperanzador en el corazón de los hombres, es imprescindible encontrarse con Aquel que viene, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con fuego, Aquel que es tan poderoso -dice el Evangelista- y no merezco ni llevarle las sandalias.

Juan, el Bautista, está tan entusiasmado con la llegada de Jesús al mundo, que no par de invitar a la gente a una preparación inmediata: que se conviertan, porque el Reino de los cielos está cerca, que preparen el camino del Señor, allanando sus senderos.

Esta es también la llamada que recibimos nosotros hoy: nos conviene convertirnos, confesar nuestros pecados, abrirnos al Señor; cosa que nos exige el trastrueque de los falsos valores, entrar dentro de nosotros mismos para aderezar la casa, para dejar de jugar con valores y cosas que sabemos falsas o insuficientes. Tan solo así daremos paso al Señor y le permitiremos llenar nuestros vacíos.