Amemos a los sacerdotes, dones de Jesús a la Iglesia

El próximo día 24, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, serán ordenados en la Catedral, dos nuevos presbíteros al servicio de la Diócesis, Álex y Jerrick, colombiano y filipino, bien encarnados ya entre nosotros. Será una gozosa fiesta para el obispo y todo el presbiterio que les acogemos y para toda la Diócesis. Por la gracia del Espíritu Santo, serán hechos representantes de Cristo, pastores misioneros y hermanos que harán camino de servicio humilde y de fe con toda la Iglesia. ¡Orad por ellos, amadlos y ayudadles siempre, para que sean buenos sacerdotes según el Corazón de Jesús!

Debemos amar mucho a nuestros sacerdotes en estos momentos concretos que vivimos. Quizás la pandemia y el ambiente secularizado y hasta hostil hacia el celibato, influyen para vivir cierto decaimiento y dificultades diversas. Debemos reencontrar y mantener la esperanza como virtud cristiana, la débil y pequeña esperanza, que da sentido a todo, que se enraíza en la gracia de Dios y en la confianza en la acción del Espíritu Santo, que es el don del Señor que nos empuja: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén y hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8). Agradezcamos estos días el don que, por la imposición de las manos (cf. 2Tm 1,6), son todos los sacerdotes y diáconos, en bien del Pueblo de Dios.

Los sacerdotes viven su ministerio como "sacramento de la proximidad del Buen Pastor", entendiendo la "proximidad" como virtud humana, actitud transversal e identidad sacerdotal. El Papa Francisco el pasado 17 de febrero en el Simposio sobre el sacerdocio, habló de las 4 proximidades de todo sacerdote:
  1. La proximidad a Dios, fuente constitutiva de su identidad. Los presbíteros deben ser hombres de Dios para todos, revelar su rostro y tener intimidad con Él. Son elegidos por Dios, llevan su bendición por siempre, y deben estarle unidos, con una vida espiritual seria y profunda, que brote del ministerio.
  2. Proximidad con el Obispo. Es padre, hermano y amigo del sacerdote. Y esa relación se hace profunda con la obediencia. El arte de escucharse mutuamente y buscar la voluntad de Dios con otros, nunca solos. Conlleva exigencia para los presbíteros y al mismo tiempo para el obispo. Y hasta también para la comunidad, pues todos obedecemos a Dios.
  3. Proximidad entre los mismos sacerdotes, con fraternidad presbiteral. Acoger deliberadamente ser santos con los demás. Se da una íntima fraternidad sacerdotal que une sacramentalmente a los presbíteros entre sí. Habrá que amarse, fomentar nuevas formas de fraternidad, para no vivir ni estar solos. Amistad y fraternidad entre las generaciones y vividas desde la caridad pastoral, que se conjuga con el celibato vivido maduramente, y sólo por amor.
  4. La proximidad al Pueblo santo de Dios, que da sentido de pertenencia a la Diócesis y en todas partes. Los sacerdotes deben vivir con el pueblo, cerca de ellos, al servicio de quienes los necesitan, vinculados con la hermana pobreza. Siempre abiertos y viviendo la misericordia, el servicio, la paternidad hacia todos, con espíritu diocesano y cariño por todos, especialmente los pobres, sin encerrarse.
Demos gracias por estos dos nuevos presbíteros que nos regala el Señor, que vienen a amar a todos con el amor misericordioso del Buen Pastor y abandonándose con confianza plena al Sagrado Corazón de Jesús, que los ha elegido y les envía a servir y dar la vida. Son conscientes de que llevan este tesoro en vasos de arcilla, y que necesitarán de la gracia de Dios y del amor real de los fieles.