Forjar un “nosotros” con los emigrantes y refugiados

En este domingo se celebra la 107ª Jornada Mundial del Migrante i el Refugiado, para la que el Papa Francisco ha enviado un Mensaje con el lema “Hacia un “nosotros” cada vez más grande”. Este lema proviene de su Carta encíclica “Fratelli tutti (2020) donde afirma que «pasada la crisis sanitaria, la peor reacción sería la de caer aún más en una fiebre consumista y en nuevas formas de autopreservación egoísta. Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros”» (n. 35). Indica un horizonte claro para nuestro camino común en este mundo, un horizonte que ya está presente en el mismo proyecto creador de Dios. Nos creó varón y mujer, seres diferentes y complementarios para formar juntos un nosotros destinado a ser cada vez más grande, con el multiplicarse de las generaciones. Comunión en la diversidad.

El nosotros querido por Dios constatamos que está roto y fragmentado, herido y desfigurado, tanto en el mundo como dentro de la Iglesia. Y el precio más elevado lo pagan quienes más fácilmente pueden convertirse en los otros: los extranjeros, los migrantes, los marginados, los que habitan las periferias existenciales. En realidad, todos vamos en la misma barca y estamos llamados a comprometernos para que no haya más muros que nos separen, que no haya más otros, sino sólo un nosotros, grande como toda la humanidad.

La catolicidad de la Iglesia, su universalidad, es una realidad que pide ser acogida y vivida en cada época, según la voluntad y la gracia del Señor. Su Espíritu nos hace capaces de abrazar a todos para crear comunión en la diversidad, armonizando las diferencias sin nunca imponer una uniformidad que despersonaliza. En el encuentro con la diversidad de los extranjeros, de los migrantes, de los refugiados y en el diálogo intercultural que puede surgir, se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente. Los bautizados son miembros de pleno derecho de la comunidad eclesial local, miembros de la única Iglesia, residente en la única casa, componente de la única familia. Esto nos obliga a ser más inclusivos.

Estamos ante una nueva “frontera” misionera, ocasión privilegiada para anunciar a Cristo y su Evangelio, de dar un testimonio concreto de la fe cristiana en la caridad y en el profundo respeto por otras expresiones religiosas. “El encuentro con los migrantes y refugiados de otras confesiones y religiones –afirma el Papa- es un terreno fértil para el desarrollo de un diálogo ecuménico e interreligioso sincero y enriquecedor” (Discurso, 22.9.2017).

El futuro de nuestras sociedades es un futuro enriquecido por la diversidad y las relaciones interculturales. Por eso debemos aprender hoy a vivir juntos, en armonía y paz, y esforzarnos por derribar los muros que nos separan y construir puentes que favorezcan la cultura del encuentro. En esta perspectiva, las migraciones contemporáneas nos brindan la oportunidad de superar nuestros miedos para dejarnos enriquecer por la diversidad del don de cada uno, y construir así la casa común con un cuidado adecuado, desde la firme convicción de que el bien que hagamos al mundo lo hacemos a las generaciones presentes y futuras.

Objetivos para renovar la misión

"Salió el sembrador a sembrar... una parte de las semillas cayó en tierra buena y dio fruto" (Mt 13,3.8), así nos anima la parábola de las parábolas de Jesús, que nos enseña y ayuda mucho en el momento de recomenzar el trabajo pastoral. Abandonemos los miedos y las perezas, las comodidades, y dejemos que el Señor nos guíe. Pensando en la misión renovada y urgente, os propongo unos objetivos más concretos para el nuevo curso:

1. Intensificar la intimidad con el Señor, porque hoy la sociedad necesita sacerdotes, consagrados y laicos, más unidos que nunca a Dios. Con Él lo podemos todo y sin Él nada (Fil 4,13) y nos deberíamos fiar más, abandonarnos del todo en sus manos. Él no nos ofrece un triunfo o un aplauso de parte del mundo; aún menos nos habla de premios para que nos portemos bien. Lo que hace es darnos el don más precioso: nos ofrece beber de su mismo cáliz, como hacen los enamorados, que beben de la misma copa; y nos dice que no esperemos demasiado resultados concretos, visibles; que algunos ya vendrán cuando toque, pero otros quizás no son los que Él quiere (Mt 20,22).

2. Vivir con gozo del encuentro con la gente, ser cercanos, para conocer y que nos conozcan. Jesús comenzó la misión del Reino, dejando que con el ejemplo personal y el testimonio, nosotros fuéramos completando la misión que nos ha sido confiada (Col 1,24). Encuentro significa no esperar a que vengan, que quizás no vendrán, sino sobre todo ir a las periferias, ir donde hay personas vulnerables o que sufren situaciones difíciles. Y que vean la bondad, la simplicidad y la alegría de nuestra vida. Esta es la predicación más eficiente (Mt 5,16). Hay que mostrar las convicciones y el testimonio no impositivo. Con frecuencia esta es y será nuestra principal predicación. Así descubriremos bondades escondidas. Y si hay que lavar los pies, hacerlo como quien no hace nada, ya que Jesús lo hizo el primero y nos da ejemplo.

3. Paciencia, saber aguantar y cuando haga falta saber sufrir. Lo hemos tenido que hacer en tiempos de pandemia. Si queremos evangelizar nos tenemos que ir acostumbrando al pequeño milagro de un silencio que a veces parece interminable, como el de los años de Nazaret, treinta años de treinta y tres, cuando Jesús, la Palabra encarnada, callaba pero iba creciendo. Porque la fuerza de la gracia se manifiesta sobre todo en tiempos de silencio aparente de parte de Dios. Que Jesús crezca en nosotros mientras nosotros disminuimos (Jn 3,30), como enseñaba Juan Bautista, una lección que quizás todavía no hemos entendido del todo. Este es el calendario de Dios donde todo está bien apuntado y donde las cosas se van sucediendo en su momento. Y si llega el momento de hablar y de denunciar, que puede llegar y seguramente llegará de vez en cuando, pues hacerlo, pensando sólo en ayudar a la gente y evitando dañar o herir, que esto no lleva a ninguna parte. Dulzura e inteligencia. Paz y serenidad.

4. Amar llenos de esperanza, con obras y de verdad. No hay nada más cristiano que esperar. Nosotros mismos somos el resultado del sueño esperanzado de Jesús, que todo lo confiaba al Padre. Soñemos y busquemos siempre el máximo bien, y hagamos que la gente sueñe. Necesitaremos toda la inventiva del mundo y especialmente hoy, nos hará falta mucha paciencia y perseverancia, porque algunas cosas se han puesto difíciles y cuesta arriba; pero en gran parte el reto es éste. Y mientras corremos nuestra etapa de esta carrera apasionante, se nos ofrece la gran ocasión de hacer no una nueva Iglesia pero sí renovar a fondo la que ya formamos y nos ha sido confiada. Una Iglesia acogedora y humilde, que predica Jesucristo, aporta sentido y esperanza, y que muestra con obras hasta dónde llega el amor infinito de Dios.

Reconstruir y recomenzar, con paciencia y constancia

Septiembre marca la reanudación de las cosas "normales", que retornan con su belleza, pero también con su monotonía y a veces con cierto desencanto, porque quizás esperamos demasiado de lo que la vida nos debería dar en este mundo. Nos conviene volver a reflexionar sobre la forma en que nos sabemos tomar la vida, los problemas, las decepciones, las posibilidades... Tenemos que aprender a ser felices, que es todo un arte. El papa Francisco el pasado mes de junio recordó que "necesitamos una mirada nueva sobre nosotros mismos y sobre la realidad, cultivando en estos tiempos de pandemia la confianza de estar en las manos de Dios y, al mismo tiempo, esforzarnos todos para reconstruir y recomenzar, con paciencia y constancia. para así salir bien de la pandemia."

Un nuevo curso nos espera, a semejanza de los estudiantes que inician esta semana entrante una nueva etapa de su vida. Todos deberíamos programar de nuevo nuestra vida cotidiana. ¿Y si aprendiéramos a "priorizar" bien nuestras ocupaciones, valores, sentimientos, y sobre todo si supiéramos distinguir bien lo que es más importante de lo que lo es menos? Ahora que estamos a tiempo, pensemos en lo que queremos que sea lo más importante de nuestro vivir en este nuevo curso, y démosle prioridad, tiempo, dedicación y medios. Lo primero tiene que ser el Señor, ciertamente, y luego, ¿qué ponemos? ¿La familia, uno mismo o bien los demás, la salud, el trabajo, el deporte, el dinero, la formación, la cultura, un hobby? Hagamos caso a Jesús cuando nos dice: "Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura" (Mt 6,33).

Vivimos en un mundo en el que tener fe y ser cristiano es un hecho diferencial y es necesario que sepamos dar razones de nuestra fe y de nuestra esperanza. Ser bautizado en Cristo, llevar su nombre inscrito en nuestros corazones, y hacer la opción de vida por el Señor en un universo multicultural y multirreligioso, no es la única opción posible y, por ello, hay que saber dar razones y desarrollar una apología inteligente de la propia fe. Nos exhorta san Pedro: "Estad siempre dispuestos para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza" (1Pe 3,15).

Ahora que empezamos un nuevo curso pastoral, ¿y si nos comprometemos a invertir un poco de tiempo, para formarnos mejor como cristianos? Sólo un cristiano que conozca y ame a Jesucristo, que profundice en su Palabra, podrá dar razón de su esperanza de forma razonada, convincente y fiel. Animémonos a encontrar tiempo para la propia formación, y veremos que toda nuestra vida apostólica sale beneficiada. La Escuela de formación permanente de la Diócesis de Urgell, nos puede ayudar. Tiene lugar cada quince días, encontrándonos en Balaguer. Buscad información en la pág.web de la Diócesis.

Asimismo, ¿por qué no dar un poco de nuestro tiempo y de nuestras posibilidades económicas a quienes nos necesitan? Es la mejor inversión. Dar y darse. A imitación de Jesús. Hay muchos voluntariados a realizar y hay muchas causas solidarias y caritativas a sostener. ¡Ánimo!. ¡Un fecundo nuevo curso pastoral a todos!

Centenario de la Coronación de la Virgen de Meritxell

El próximo miércoles día 8 celebraremos la fiesta de la Natividad de María, que en Urgell con la Virgen de Nuria, y en Andorra con la Virgen de Meritxell, extienden su patronazgo y protección sobre toda la Diócesis de Urgell y sobre el Principado de Andorra. Santa María vela por nosotros desde los Pirineos, y no nos deja nunca. También en tiempos de pandemia o de crisis podemos confiar totalmente en Ella, que quiere la fraternidad de todos y nuestra fidelidad a Jesús y a su Evangelio.

El 8 de septiembre de 1921, hace cien años, el Cardenal de Tarragona Francesc Vidal y Barraquer, con su amigo nuestro Obispo de Urgell y Príncipe de los Valles de Andorra Mons. Justí Guitart, coronaron canónicamente la imagen de Jesús y de María en Meritxell. El Síndic general M.I. Sr. Josep Gresa se había dirigido al pueblo andorrano meses antes, en noviembre de 1920, para decirles que "el amor a María, elevando y transfigurando el amor al país, ha formado con ambos una especie de patriotismo sobrenatural". Los ciudadanos respondieron a la invitación de su Síndic con una colecta de joyas para que el orfebre Joaquim Cabot de Barcelona fabricara la corona para la Virgen de Meritxell. El Consell general proclamaba: "Por patrona os aclama el Consell con gran amor, pues sois de Andorra el tesoro". De eso hace un siglo. ¡Demos gracias a Dios!

Las primeras coronaciones canónicas se remontan al siglo XVII, y no fueron incorporadas definitivamente al conjunto de las celebraciones litúrgicas hasta el siglo XIX. Este acto quiere subrayar la devoción por la Virgen, y consiste en la imposición de una corona -o coronas, si la imagen de la Virgen lleva también la del Niño- en el icono o imagen. Y siempre hay que subrayar la relación entre la corona y la conversión y la vida de fe de los fieles.

Se celebra que la Virgen María es reina del Pueblo de Dios, y por eso es invocada y tenida por el pueblo como su Reina y Señora, ya que es Madre del Hijo de Dios, Jesucristo, el Verbo encarnado, aquel que "reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin" (Lc 1,33). Se pone de relieve el genuino culto litúrgico y el activo apostolado cristiano. Todos los fieles debemos entender que la verdadera corona de la Virgen somos nosotros mismos, y que la corona y las piedras preciosas que la pueden adornar son los frutos de una vida de fe, que se expresa en la caridad. En Meritxell ha habido muchas iniciativas de servicio y de caridad, de fe y de unión de todas las Parroquias del país. Y actualmente la caridad es bien visible en la Parroquia de Canillo y en la Casa de Colonias Aina.

Pensemos en lo que se pide en la oración de la coronación: “Mira, Señor, benignamente a esos tus siervos que, al ceñir con una corona visible la imagen de la Madre de tu Hijo, reconocen en tu Hijo al Rey del universo e invocan como Reina a la Virgen María. Haz que, siguiendo su ejemplo, te consagren su vida y, cumpliendo la ley del amor, se sirvan mutuamente con diligencia; que se nieguen a sí mismos y con entrega generosa ganen para ti a sus hermanos; que, buscando la humildad en la tierra, sean un día elevados a las alturas del cielo, donde tú mismo pones sobre la cabeza de tus fieles la corona de la vida". ¡Vivamos con gozo la fiesta del Centenario en todo el Principado de Andorra!