¡Llega el Señor, nuestra esperanza!

La pandemia nos hace vivir días de incertidumbre, días grises, y parece que todo el mundo necesita reencontrar la esperanza, una esperanza elevada y grande, que no se conforme con las cosas materiales, que distraen tanto, o con la salud, o con las fruiciones de los sentidos, que enseguida se esfuman... ¿Qué puede dar sentido y esperanza a la humanidad? Algunos lo buscan en el progreso de la medicina o de las relaciones de solidaridad, en el dar pasos adelante en el respeto y promoción de los derechos humanos y de las libertades... Seguro que este abanico de necesidades humanas solucionadas son tejido de la esperanza. Pero si somos sinceros, ¿esto nos basta? ¿qué puede calmar la sed profunda de mayor realización como personas, de justicia justa, de mayor fraternidad y amor mutuo, y sobre todo, de vida para siempre?

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”, nos anunciará el profeta Isaías (9,1) la próxima Nochebuena. La esperanza es un don que viene de Dios, es la certeza de que Dios no abandona a la humanidad, y le pide que abandone la comodidad, los propios intereses, y abra su corazón a los demás, al Amor. Jesús, nacido en Belén, es nuestra esperanza. Dios mismo se ha decidido a “encarnarse”, hacerse hombre, al igual que nosotros, salvo en el pecado, tomando sobre sí toda la maldad del mundo para vencerla y poner la luz de la esperanza auténtica.

Dios en Jesús ha querido "necesitar" de nosotros; se ha hecho débil y pequeño, humilde y servicial hasta dar su vida en rescate por todos... Si celebramos su nacimiento es porque nos ha salvado, dando su vida por amor en la cruz, y resucitando para abrirnos las puertas de la eternidad. Cristo ha santificado y llenado de Espíritu Santo nuestra humanidad. Y es que Dios ha querido necesitar de personas a las que amar, a las que perdonar todas las culpas, para lanzarlos a una gran esperanza, a una vida sin fin, vida eterna de alegría y de amor, a existir para siempre en Él.

La Navidad ya está a las puertas, y en estos días no podemos olvidar a los pobres y a quienes están más solos. Cáritas diocesana nos lo recuerda un año más. Brota casi espontáneamente en todo corazón limpio, el deseo de compartir, de hacer que nuestra fiesta de Navidad se derrame con amor de obras y con generosidad en todos los necesitados que nos rodean. Debemos hacer que este deseo se concrete en obras de solidaridad y de amor a las personas necesitadas que viven cerca y a las que están lejos, pero que sufren graves carencias en este año que termina. En el belén, en pequeño, podemos contemplar la gran obra de Dios, lo que Él ha hecho por ti y por mí, y por todos... Y, aún más, podemos contemplar “cómo” lo ha hecho: desde la parte de los débiles y pobres, desde el amor que todo lo da y que atrae a darlo todo, con perfecta alegría y desprendimiento. Propongámonos que esta Navidad y siempre, vayamos realizando y difundiendo lo que podríamos llamar una “cultura de la solidaridad". Hay que hacer que el amor triunfe por encima de los egoísmos, y que compartir se convierta en un valor social querido y puesto en práctica. Os animo, y me animo a mí mismo, al servicio solidario en nombre del Señor. ¡Apresurémonos a preparar bien estas fiestas de Navidad y atrevámonos a amar como Cristo, que es nuestra esperanza! ¡Feliz Navidad ya cercana!