La participación en la liturgia es esencial para el cristiano

El Santo Padre Francisco habló hace unos meses de que la misa no puede ser sólo escuchada, como si nosotros fuéramos sólo espectadores de algo que se desliza sin involucrarnos. La Misa siempre es celebrada, y no solo por el sacerdote que la preside, sino por todos los cristianos que la viven. En la Iglesia siempre ha existido la tentación de practicar un “cristianismo intimista”, una religiosidad que no reconocía a la liturgia su importancia espiritual. Esto llevó a que muchos, participando incluso en la Misa dominical, le hayan quitado importancia, y hayan buscado alimento para su fe y su vida espiritual en fuentes devocionales y no en la liturgia. La espiritualidad cristiana tiene sus raíces en la celebración de los santos misterios. La liturgia, en cuanto acción de Cristo y del pueblo de Dios es el centro de la vida cristiana. Es fuente y cumbre de toda la vida cristiana (cf. Catecismo nº 219).

Jesucristo no es una idea o un sentimiento, sino una Persona viva, y su Misterio, un evento histórico. La oración de los cristianos pasa a través de mediaciones concretas: la Sagrada Escritura, los Sacramentos, los ritos litúrgicos, la comunidad. En la vida cristiana no se prescinde de la esfera corpórea y material, porque en Cristo esta se ha convertido en camino de salvación.

Un cristianismo sin liturgia es un cristianismo sin Cristo. La liturgia, “no es solo oración espontánea, sino acción de la Iglesia y encuentro con Cristo mismo”, y, por lo tanto, “no existe espiritualidad cristiana que no tenga como fuente la celebración de los divinos misterios”. La liturgia es evento, es acontecimiento, es presencia, es encuentro. Es un encuentro con Cristo. Él se hace presente en el Espíritu Santo a través de los signos sacramentales: de aquí deriva para nosotros los cristianos la necesidad de participar en los divinos misterios. Un cristianismo sin liturgia quizás es un cristianismo sin Cristo. Incluso en el rito más despojado, como una celebración en la cárcel o en un escondite en tiempo de persecución, Cristo se hace realmente presente y se entrega a sus fieles.

La liturgia, además, pide ser celebrada “con fervor”, para “que la gracia derramada en el rito no se disperse, sino que alcance la vivencia de cada uno”. La misa nos involucra y siempre es celebrada por todos los que la viven. ¡El centro es Cristo! Todos nosotros, en la diversidad de los dones y de los ministerios, todos nos unimos a su acción, porque es Él, Cristo, el protagonista de la liturgia. En la liturgia rezamos con Cristo a nuestro lado. Cuando los primeros cristianos empezaron a vivir su culto, lo hicieron actualizando los gestos y las palabras de Jesús, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, para que su vida, alcanzada por esa gracia, se convirtiera en sacrificio espiritual ofrecido a Dios. Un enfoque que fue una “revolución”, pues la vida está llamada a convertirse en culto a Dios. Algo que, sin embargo, no puede suceder sin la oración, especialmente, la oración litúrgica.

Estos pensamientos nos pueden ayudar cuando vamos a misa, especialmente el domingo, cuando vamos a rezar en comunidad, ya que vamos a rezar con Cristo que está presente, Resucitado, en medio de nosotros.