La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos

Acaba de entrar en vigor en España la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia, y es necesaria una reflexión a partir de la Nota de los Obispos Españoles de diciembre pasado para fortalecer nuestros criterios.

1. La Ley Orgánica de regulación de la eutanasia se tramitó de forma acelerada, en tiempo de pandemia y estado de alarma, sin escucha ni diálogo público. El hecho es especialmente grave, pues instaura una ruptura moral y un cambio en los fines del Estado que pasa a ser responsable de la muerte infligida y también que la profesión médica, llamada en lo posible a curar o al menos a aliviar, en cualquier caso a consolar, y nunca a provocar intencionadamente la muerte.

2. La Congregación para la Doctrina de la Fe publicó la «Carta Samaritanus bonus» sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida (22.09.2020), que ilumina la reflexión y el juicio moral sobre este tipo de legislaciones. Y también ayuda el documento de la Conferencia Episcopal Española, Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida (1.11.2019).

3. Lo que se debe promover son los cuidados paliativos, que ayudan a vivir la enfermedad grave sin dolor, y el acompañamiento integral, por tanto también espiritual, a los enfermos y a sus familias. Este cuidado integral alivia el dolor, consuela y ofrece la esperanza que surge de la fe y da sentido a toda la vida humana, incluso en el sufrimiento y la vulnerabilidad. La falta de cuidados paliativos es también una expresión de desigualdad social.

4. La pandemia ha puesto de manifiesto la fragilidad de la vida y ha suscitado solicitud por los cuidados, al mismo tiempo que indignación por el descarte en la atención a personas mayores. Acabar con la vida no puede ser la solución para abordar un problema humano. La muerte provocada no puede ser un atajo que nos permita ahorrar recursos humanos y económicos; al contrario, frente a la muerte como solución, es preciso invertir en los cuidados y cercanía que se necesitan en la etapa final de esta vida. Esta es la verdadera compasión.

5. La experiencia de los pocos países donde se ha legalizado la eutanasia nos dice que incita a la muerte a los más débiles. Al otorgar este supuesto derecho, la persona, que se experimenta como una carga para la familia y un peso social, se siente condicionada a pedir la muerte cuando una ley la presiona en esa dirección. Y se debe valorar la necesidad de la objeción de conciencia por parte del personal sanitario, responsables de residencias de ancianos y otros.6. El Papa Francisco afirma: «La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos. La respuesta a la que estamos llamados es no abandonar nunca a los que sufren, no rendirse nunca, sino cuidar y amar para dar esperanza».

Debemos responder a esta llamada con la oración, el cuidado y el testimonio público que favorezcan un compromiso personal e institucional a favor de la vida, los cuidados y una genuina buena muerte en compañía y con esperanza.