Ya han pasado las fiestas de Navidad y Epifanía

Han acabado las fiestas de Navidad y Epifanía, ¿cómo las hemos vivido? El ciclo litúrgico recomienza con el tiempo ordinario. Un tiempo para vivir de forma extraordinaria lo que es ordinario, un tiempo para vivir perseverantes. De hecho, "perseverar" no es rutinario, el perseverar del Evangelio es el perseverar que nos hace crecer... Pero ¿por qué no "revisamos" las fiestas? ¿la oración de estos días pasados, los valores que habremos manifestado en temas de conversaciones como lotería, fiestas, comidas, hijos, sociedad e Iglesia? ¿o la proximidad a la familia, a los pobres, a los enfermos...? ¿Nos han ayudado a crecer en fe y amor? ¿Hemos ayudado con lo que hemos podido? ¿Nos hemos acercado a la confesión para mejorar la conversión de vida? ¿Podemos estar contentos? ¿Qué habría que mejorar?

Recuerdo las fiestas navideñas de cuando yo era niño. A pesar del trabajo de mis padres en el comercio, que hacía que estuvieran cansados los días de fiesta, la Navidad de mi infancia son días muy felices. La misa de medianoche (sin cena previa) y el "resopón" sencillo después. Y al día siguiente la familia entera reunida en una comida interminable, con conversaciones adultas que los niños escuchábamos con placer, las canciones de todos (creo que era de las pocas veces que incluso mi padre cantaba con la familia...), las guitarras en la juventud, los primeros comportamientos adultos en público... Días entrañables del pesebre, confeccionado todo por mi hermano mayor, el artista, donde las figuras de los pastores y los reyes avanzaban según los niños decidíamos. Claramente días de fe arraigada en las bellas tradiciones catalanas, que han marcado para siempre los recuerdos de todos.

Y ¿cómo son mis fiestas? Ahora el Obispo vive la Navidad entre las muchas celebraciones de los días previos, con los colaboradores del Obispado, con los ancianos de Andorra y de La Seu d’Urgell, con los privados de libertad en la prisión de La Comella de Andorra, con los que puedo hablar personalmente. También el solemne pontifical de medianoche y del día de Navidad, en la Catedral románica, la comida de Navidad con los ancianos del Hogar de S. José que no tienen familia y han tenido que quedarse, y entre ellos, los curas mayores o enfermos y los seminaristas sin familia cercana, que se alegran de tener al obispo con ellos. Y por la tarde del día de Navidad, solo, trato de encontrar un tiempo mío para rezar, contemplando los bellos textos de la liturgia y saborear la alegría de la Encarnación. Si puedo, escucho música, por ejemplo me gustan mucho A.Corelli y J.S.Bach con su inmenso Oratorio de Navidad -al que retorno cada año- y el placer de revisitar el Poema de Nadal de J.M. de Sagarra. Y me inunda el humilde milagro de la añoranza de los seres queridos -que siempre retornan-, y la gran promesa de la Encarnación que nadie como S. Juan supo plasmar en el Prólogo de su Evangelio. Y siempre intento llamar por teléfono a los sacerdotes mayores del presbiterio, a las familias que tienen algún enfermo grave o que han perdido recientemente a un ser querido. El día siguiente, S. Esteban, lo paso con la familia de hermanos y sobrinos, pero estoy poco por ellos, al faltar mis padres. Me debo a mi Diócesis. Así es mi Navidad. Y la entrada del Año siempre trato de pasarla rezando a mi Capilla; me hartan las fiestas de fin de año... Y espero aprovechar que bajan los compromisos de agenda para visitar el Cottolengo, o enfermos, o personas conocidas que me reclaman y que no puedo atender lo suficiente, como a mí me gustaría... Pensad en todo ello: ¿Cómo han sido vuestras fiestas? ¿Qué enseñanzas sacamos para el nuevo año? ¿Qué deberíamos mejorar? Qué balance hacemos...