Testigos perseguidos de Jesús

La venida del Espíritu Santo nos da una fuerza que nos hace testigos de Jesús hasta los límites más lejanos de la tierra (cf. Hch 1,8), y no debemos olvidar que "testigo" se llama "mártir" en griego. El mismo Jesús nos dice que no hay amor más grande que dar la vida por amor (cf. Jn 15,13), y que si lo persiguieron a Él, también nos perseguirán a nosotros. Debemos contar con que amar debe hacerse con obras de amor, no sólo quedarnos en palabras; y las obras comprometen, a veces son "peligrosas", porque subvierten los criterios del mundo contrario a Dios y a su amor.
Estos últimos tiempos, nos alarma la lluvia de noticias de cristianos asesinados en uno u otro lugar del mundo. Corremos el riesgo de irnos acostumbrando. Se ha instaurado una especie de rutina por la que los asesinatos de este tipo ya no son excesiva noticia, y además, se da en la cultura dominante una hostilidad al cristianismo y a la Iglesia Católica, "que deriva sobre todo de sus posturas en materia moral" (Massimo Introvigne). Según un informe del año 2012 de Ayuda a la Iglesia Necesitada, unos 200 millones de cristianos –tanto católicos como ortodoxos y evangélicos– son perseguidos y otros 150 millones son discriminados. Es el ecumenismo del sufrimiento (la persecución) y de la sangre (el martirio). Se puede afirmar que de todos los perseguidos en el mundo por sus creencias, 3 de cada 4 son cristianos, y que el cristianismo es la religión más perseguida actualmente. Cada 5 minutos es asesinado un cristiano en los países donde los cristianos somos minoría religiosa. Últimamente comenzó con Siria y el Estado Islámico, y ha continuado con Irak, Pakistán, Arabia Saudí, República Centroafricana, China y Corea del Norte, donde se calcula que entre 50.000 y 70.000 cristianos se encuentran en campos de concentración, sometidos a todo tipo de vejaciones que incluyen asesinatos y abortos forzados. Estos son algunos de los 82 países donde el derecho a la libertad religiosa es vulnerado de manera significativa. La libertad religiosa, que es un derecho fundamental, es todavía hoy un derecho escaso. La persecución de los cristianos en el mundo es una auténtica situación de emergencia humanitaria. No se trata de reclamar protección para nosotros, sino de defender la libertad religiosa de todas las personas para poder practicar sus creencias.
Hagamos nuestro el clamor del Papa Francisco: "¡Que termine ya esta persecución contra los cristianos, que el mundo parece que quiere esconder!" (15.3.2015). Ante la persecución que sufren los cristianos en diversas partes del mundo, el Papa pide "que la comunidad internacional no esté silenciosa e inerte ante tal crimen inaceptable que constituye una preocupante deriva de los derechos humanos más elementales". Y nos recomienda seguir "el camino espiritual de oración intensa, de participación concreta y de ayuda tangible en defensa y protección de nuestros hermanos y hermanas, perseguidos, exiliados, asesinados por el solo hecho de ser cristianos" (6.4.2015). Que la alegría de la Pascua celebrada que se prolonga en las solemnidades de la Santísima Trinidad hoy, del Corpus y del Sagrado Corazón de Jesús en las próximas semanas, nos ayude a vivir con responsablidad y serenidad esta comunión con nuestros hermanos cristianos que tanto sufren, y nos estimule a ser mejores nosotros mismos y a compartir con ellos los bienes y la ayuda, la oración y la denuncia valiente de su injusta persecución.

¡Ven Espíritu Santo, donador de amor y alegría!

¡Os deseo a todos Santa Pascua de Pentecostés!

Culmina hoy la Pascua de Resurrección del Señor, después de cincuenta días de alegría y de fiesta, con la donación del Espíritu Santo. Hoy el Señor nos dice: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,22), como a sus apóstoles en el Cenáculo. Y nos envía a ser misioneros suyos, a todas las periferias del mundo. Como María y los apóstoles, también nosotros quedaremos llenos del Espíritu Santo para predicar con fuerza y ​​autoridad la Palabra de Jesús, para hacer los mismos signos que Él hacía, para orar sin desfallecer y con las palabras y sentimientos adecuados, para amar con su mismo amor, para salir a dar testimonio con corazón valiente, para vivir en comunión y amor fraterno, para mantenernos siempre abiertos a la fe y a la esperanza, para caminar en santidad de vida y en la alegría del Evangelio, y poder llegar incorruptibles a la vida eterna.

Os invito a orar inspirándonos en la Secuencia gregoriana de Pentecostés "Veni Sancte Spiritus", que es un poema en latín, con el que la Iglesia católica pide la asistencia del Espíritu Santo, el don más grande que Dios nos hace por el bautismo y la confirmación. La podemos cantar o rezar en la misa del día de Pentecostés, pues es un texto muy inspirado, que siempre trae suavidad y consuelo al corazón de los que la recitan humildemente y con dulzura.

El texto se atribuye a Stephen Langton (1150-1228), teólogo, cardenal y arzobispo de Canterbury. Es un himno ritmado para poder ser cantado, y de una gran belleza:

·         Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo.

·         Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.

·         Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

 

·         Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,

·         tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,

·         gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

 

·         Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.

·         Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;

·         mira el poder del pecado, si no envías tu aliento.

 

·         Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.

·         Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,

·         doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

 

·         Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.

·         por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;

·         salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén. Aleluya

La Secuencia nos dice que el Espíritu será nuestra luz, el que nos guiará hacia los pobres, y nos regalará sus siete dones. Porque es consolador, habita en nuestros corazones y socorre a los débiles. Él lava, riega con agua divina y cura todas las enfermedades. Hace dulce el camino de la vida, pone calor en nuestro interior y encarrila el que se desviaría. Y nos hace caminar por la senda de la virtud, con la alegría inmortal y plena.

Pidamos con suaves reclamos al Espíritu, que venga, para que nos dé la Paz, nos haga fuertes en las pruebas y llene la Iglesia para hacerla siempre fiel a su Señor. Santa Pascua de Pentecostés a todos!

Vigilia pascual (y 6).- Eucaristía memorial de la Pascua

En la Vigilia Pascual, tras los diversos momentos de la celebración que hemos ido reflexionando durante estas semanas en los artículos precedentes, llega la culminación de la fiesta de la Pascua, la Eucaristía propiamente dicha. El mismo Cristo, “re-presentado” por la persona del ministro ordenado que preside en su nombre a todo el Pueblo de Dios, se hace realmente presente de la manera más real y significativa. El Concilio Vaticano II habló de las diversas presencias del Señor (SC 7) y definió que la Eucaristía es "fuente y cumbre de toda la vida cristiana" (LG 11). Y también que "los demás sacramentos, al igual que todos los ministerios eclesiásticos y las obras de apostolado, están unidos con la Eucaristía y hacia ella se ordenan. Pues en la sagrada Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua" (PO 5).

En la Vigilia Pascual y en todas las Eucaristías, aportamos pan, vino y agua (como ya decía San Justino en el siglo II) sobre el altar, con las otras ofrendas para los pobres que se recogen, y así, este poco nuestro, Jesucristo lo transforma y lo hace comida santa, Pan de vida eterna. Y oramos con la solemne plegaria eucarística, en la que recordamos el relato de la institución. Jesucristo entra para quedarse con nosotros, se sienta a la mesa en medio de nosotros, toma el pan, dice la bendición y lo parte para dárnoslo. Y se nos abren los ojos –como a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35)– y lo reconocemos presente, viviente, resucitado, con las llagas gloriosas de su Pasión, hecho Pan de vida para nosotros, y dándose por completo, con la plenitud de su amor divino y su alegría consoladora. Así podemos vivir unidos con Él, y por Él con el Padre, llenos del Espíritu Santo, formando el Cuerpo que es la Iglesia, amándonos, alabando a Dios, fortalecidos y dando testimonio gozoso de nuestra fe. Todo esto lo venimos a ratificar con el importante "Amén" de toda la asamblea al final de la oración eucarística. Y luego con el Padrenuestro, y la Paz del Resucitado que nos comunicamos, que viene del mismo Señor desde el altar.

En la Vigilia descubrimos que la Eucaristía es realmente el Memorial de la muerte y la resurrección de Cristo tan central para nosotros. No es sólo un recuerdo, un pensamiento sentimental sin ninguna fuerza, sino que las palabras y el signo sacramental del pan y del vino nos hacen realmente presente al Señor Resucitado, con todos los misterios y las gracias de su vida. Y por eso la Iglesia nos lo hace aclamar: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección ¡Ven, Señor Jesús!". Y en la piedad de los fieles, desde pequeños, hemos aprendido a adorar en ese momento tan grande de la consagración diciendo: "¡Señor mío y Dios mío!", tomando la profunda profesión de fe de Santo Tomás en el Cenáculo. Y nos dice el Señor: "Bienaventurados los que crean sin haber visto" (Jn 20,29).

La Eucaristía, especialmente la dominical, nos hace presente la Pascua de Jesucristo, y la hace viva y eficaz. Por eso después de comulgar hacemos silencio, oramos todavía unidos y el presidente nos despide, bendiciéndonos y recordándonos, con el doble aleluya, que debemos "glorificar al Señor con nuestra vida" y que hemos de irnos para sembrar por todas partes la Paz de Cristo. La Misa se prolonga en las calles, en las casas, en los lugares de trabajo y de tiempo libre. El cristiano, transformado por la participación en el misterio de amor de Cristo, asume la caridad como principio que da forma a toda su vida cotidiana.

La Vigilia pascual (5): ¡Somos de Cristo por el bautismo!

En la Vigilia pascual aprendemos que los cristianos hemos nacido a la Vida por el bautismo, que todos venimos del agua y del Espíritu Santo que el Señor Resucitado nos ha regalado por gracia. Es sin mérito nuestro que hemos recibido el don de la fe cristiana y hemos sido configurados en la persona del Hijo de Dios. Somos hijos en el Hijo. "Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una nueva vida" (Rm 6,4). Esta noche santa de Pascua, en todo el mundo se abren las fuentes del bautismo, los nuevos creyentes en Jesucristo, los nuevos cristianos, son engendrados por el Espíritu Santo e incorporados a la Santa Madre Iglesia. Son hechos hijos de Dios, hermanos entre ellos, Pueblo santo, servidores de todo el mundo a semejanza de Cristo. Todo nos ha sido regalado en la Pascua, ya que del costado abierto de Jesús clavado en la Cruz brotaron "sangre y agua", es decir la Iglesia, y los sacramentos del bautismo y la eucaristía.

La liturgia de la Vigilia siempre incluye la conmemoración bautismal. El Pueblo de Dios que aún vive en la tierra, suplica humildemente a la Iglesia del cielo, ya triunfante, que le ayude, y le implora con la "letanía de los santos" para que coopere y esté presente en el momento de incorporar nuevos hijos e hijas de Dios. Después es bendecida la fuente del agua bautismal de la Catedral y de las parroquias, consagrando así solemnemente las aguas, mientras recordamos las grandes maravillas obradas por Dios en favor de sus hijos, a quienes tanto ama. La bendición del agua es para bendecir a Dios por todo lo que ha realizado en la historia de la salvación por medio del agua (desde la creación y el paso del Mar Rojo hasta el bautismo de Jesús en el río Jordán), pidiéndole que, hoy también, a través del agua, actúe el Espíritu Santo, “Señor y dador de vida”, sobre los bautizados. Cuando hay catecúmenos preparados, la Vigilia es el momento más significativo para administrarles los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación y luego la comunión eucarística, que los configura realmente a Cristo para siempre, los une en la plena comunión de la Iglesia santa, y los marca con el don del Espíritu, los hace sus testigos y herederos de la vida eterna.

Luego, el celebrante invita a todos los reunidos a renovar las promesas bautismales, renunciando al mal y al pecado, a todo lo que nos aleja de Dios, y profesando la fe católica trinitaria. Se trata de que todos participen conscientemente tanto en la renuncia como en la profesión de fe, dando gracias a quienes les transmitieron la fe y les han ayudado a lo largo de la vida a mantenerla consciente y operante. Seguirá el signo de la aspersión, como un recuerdo del propio Bautismo. Este signo se puede repetir todos los domingos de la Cincuentena Pascual, al comienzo de la Eucaristía, y siempre que se quiera. De ahí viene también el agua bendita que tomamos al entrar en las iglesias, para recordar agradecidamente el propio bautismo.

Y finaliza esta liturgia bautismal de la Vigilia pascual con la Plegaria Universal o de los fieles, que es el ejercicio, por parte de toda la comunidad, de su sacerdocio bautismal, ya que todos los bautizados somos sacerdotes y celebramos un culto agradable a Dios, con nuestras vidas. Por eso intercedemos ante Dios por la Iglesia y por toda la humanidad. La Vigilia debe ser el momento gozoso de la renovación de nuestra vida de bautizados, discípulos agradecidos por el don recibido y comprometidos en el amor, a semejanza de Cristo. Tenemos su gran promesa: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos" (Mt 28,20).