¡La Navidad se acerca! ¡No nos hagamos el sordo!

Jesús llega de nuevo a nuestro mundo, y como dice el Papa Francisco, "el Hijo de Dios en su encarnación nos invitó a la revolución de la ternura" (EG. 88). En la oración del primer domingo de Adviento pedíamos "el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene a nosotros, para que, mediante la práctica de las buenas obras, merezcamos poseer el reino celestial". Nuestras buenas obras debe ser la expresión de la ternura de Dios. Volvamos al fervor de la fe y amemos como Jesús ama.

Con el pesebre, el árbol, los relatos evangélicos de la Infancia de Jesús, la misa de Navidad... podemos aprender a vivir el amor al Señor, que "se hizo carne (= debilidad) y habitó entre nosotros" (Jn 1). Debemos vivirlo nosotros y ayudar a vivirlo a los niños y a todos los de casa. No podríamos celebrar que llega el autor de la vida sin alegría ni conversión (cf. S. León Magno). La fiesta que Jesús quiere regalarnos con su Nacimiento debe ser para todos: abramos el corazón, por tanto, al Señor que llega, para que renazca en nosotros su salvación; abramos nuestro hogar a todos, sin exclusiones, con una reconciliación que ha de ser un volver a empezar en las relaciones de familia, amigos, trabajo, pueblo...; abramos nuestra economía a los parados y a los que menos tienen, con un compartir solidario, con gastos austeros y razonables; demos de lo que somos y tenemos, para que se pueda realizar de nuevo el milagro de la multiplicación del amor, que todo lo rehace y lo renueva; abramos nuestros criterios y juicios cerrados y autorreferenciales al criterio del amor misericordioso de Dios y al servicio preferencial de los pobres, y seguramente muchas cosas cambiarán. La Navidad se tiene que notar en nuestra manera de vivir cristiana.

El Papa Francisco, en un mensaje al Cardenal de Barcelona y a los participantes en el "Congreso Internacional de Pastoral de las grandes ciudades" hace tres semanas, nos invitaba a "seguir reflexionando, de manera creativa, sobre la manera de afrontar la tarea evangelizadora en los grandes núcleos urbanos, cada vez en mayor expansión, y en los que todos necesitan sentir la proximidad y la misericordia de Dios, que nunca los abandona. Él siempre sabe hacerse encontradizo, tiene la iniciativa para ofrecer el sentido de la vida verdadera a los que están solos, desorientados o sufren por las heridas provocadas a menudo por una sociedad frenética e insolidaria. La Iglesia tiene la misión de hacer llegar la Buena Noticia de Jesucristo y su amor salvador a los diferentes ambientes, sin temer el pluralismo y sin caer en discriminación. No considera una pérdida salir a las periferias, o cambiar los esquemas acostumbrados, si es necesario. Como una madre, lo que le interesa es el bien de sus hijos, sin escatimar esfuerzos y sacrificios: que no les falte la luz del Evangelio para llevar una vida fecunda de esperanza, de alegría y de paz; que no les falte acogida para sentirse integrados en una comunidad, sea en circunstancias de disgregación como de frío anonimato; que crezca en ellos el espíritu de auténtica solidaridad con todos, especialmente con los más necesitados."

Cáritas nos indica el buen camino, así como otros reclamos de grupos, asociaciones y personas, que nos hacen llegar el clamor de los más pobres. Es necesario que estos días y siempre, hagamos nuestra la generosidad del Evangelio y ayudemos con obras buenas y solidariamente. ¿Qué haremos por los demás esta Navidad? ¿Qué conversiones tengo que hacer? ¿Qué me está pidiendo el Señor, que me habla a través de los necesitados? ¡La Navidad se acerca! ¡No nos hagamos el sordo!