¡Ave María, llena de gracia!

El próximo viernes celebraremos con mucha alegría y solemnidad la fiesta más antigua y más gozosa de la Santísima Virgen, su Asunción en cuerpo y alma al cielo. Y además es la fiesta mayor de tantísimos pueblos de la Diócesis y de toda Cataluña. Es nuestra Madre que, desde el cielo, nos guía y acompaña en el camino de la fe. Lo dice el Papa Francisco: "María, que con su «sí» ha abierto la puerta a Dios para deshacer el nudo de la antigua desobediencia, es la Madre que con paciencia y ternura nos lleva a Dios, para que Él desate los nudos de nuestra alma con su misericordia de Padre".

Os propongo revitalizar la oración tan tradicional del Ave María, que proviene del siglo VI y se configuró como ahora la rezamos en el siglo XVI. Su historia se asemeja a un pequeño arroyo que, poco a poco, va adquiriendo caudal hasta formar un gran río, expresión del grandioso sentido de la fe. La vinculación del saludo del arcángel Gabriel con la alabanza de Isabel se debe a Severo de Antioquía (siglo VI). San Juan Damasceno, fallecido en 749, lo comenta en sus homilías. La Iglesia ha añadido los nombres de «María» al principio y de «Jesús» al final, siendo el Papa Urbano IV en el siglo XIII, su afortunado autor. El último añadido: «ahora y en la hora de nuestra muerte», aparece en un breviario cartujano de 1350. Posteriormente encontramos esta oración así configurada en los catecismos populares, y la fórmula definitiva que ha llegado hasta nosotros, fue fijada por el Papa San Pío V en 1568, en ocasión de la Reforma litúrgica.

El Avemaría, esta sencilla, popular e incomparable oración mariana, rezada en multitud de lenguas, que hemos aprendido desde pequeños, es mitad un himno recogido del Evangelio, y mitad una súplica filial. Consta de tres partes:

1. La primera está tomada del saludo del Arcángel Gabriel a María: "Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo» o literalmente: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1,28). La contemplamos y alabamos como llena de la gracia del Señor, que quiere comunicarla a todos los que se le acercan. Es la elegida como Madre del Hijo de Dios, el Salvador, nuestro hermano, y con su "sí" hace posible que venga al mundo.
2. La segunda está formada por las palabras de alabanza que Isabel dirige a María al pisar su casa de Ain Karem: «Bendita tú entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre» (Lc 1,42). La alabamos porque ha creído, porque lleva al Hijo de Dios en sus entrañas, y Él nos bendice.
3. La tercera parte es una invocación de la Iglesia, de origen muy posterior: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén». Es la "Theotókos" que ruega siempre por sus hijos, dados por el Señor desde la Cruz, y que lo hace ahora, en nuestras presentes circunstancias, problemas, necesidades; y lo hará, nos ayudará, ¡es nuestra gran esperanza!, en el momento del encuentro definitivo con Dios.

Demos valor a que esta oración tenga origen divino y origen eclesial. El ángel e Isabel fueron los personajes inspirados por Dios. La Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, completó la primera oración a la Virgen. ¡Qué bellamente la cantó Schubert y tantos otros músicos! Recémosla al menos una vez al día, para tener a la Madre del cielo cerca e imitar sus virtudes. Ella está ya resucitada con su Hijo y nunca deja de protegernos. No nos cansemos de repetir esta oración y de enseñarla a los pequeños, por su gran encanto sobrenatural.