San Juan Pablo II, el Papa de la misericordia y de la familia

Hemos celebrado con mucha alegría la canonización el 27 de abril de los dos Papas "gigantes" de humanidad y santidad del siglo XX, Juan XXIII y Juan Pablo II. Dijo el Papa Francisco en la homilía de la canonización: "Ellos colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisonomía originaria, la fisonomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos (...) En este servicio al pueblo de Dios, San Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le hubiera gustado ser recordado, como el Papa de la familia". Y todavía pidió "que los dos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama".

San Juan Pablo II, Karol Jósef Wojtyla (1920-2005), nacido en Wadowice (Polonia), fue empleado en una fábrica, actor y deportista, profesor, resistente a los nazis y al comunismo, sacerdote y cardenal-arzobispo de Cracovia, padre conciliar y Papa. Él será siempre el Papa de la misericordia y de la familia, el primer papa eslavo, marcado primero por la resistencia al nazismo, cuando era joven, y después por la resistencia a un régimen comunista, satélite de la Unión soviética y perseguidor de las libertades, que él colaboró a derrocar con una tarea humanizadora paciente. Durante su largo pontificado, el segundo pontificado más largo de la historia (1978-2005), luchó a favor de las personas y de los pueblos, se convirtió en el atleta de Cristo, un evangelizador de todas las tierras del mundo, y un guía fuerte y providencial para la libertad de la Iglesia y para la esperanza del mundo. Convocó el encuentro interreligioso de Asís, varios Sínodos, publicó muchos escritos, inició las Jornadas mundiales de la Juventud, publicó el nuevo Código y el Catecismo, trabajó por los pobres, y fue un defensor de la vida desde su concepción hasta la muerte natural. Ayudó al mundo del trabajo que él había compartido y que siempre amó mucho, y condenó el sistema comunista. Pero cuando éste se derrumbó, tampoco aceptó el capitalismo salvaje y sin rostro humano que se proponía como única salida. Aportó mucho en la Doctrina social de la Iglesia, especialmente sobre los derechos de las naciones y de las culturas. Se opuso a la Guerra del Golfo con todas sus fuerzas y fue siempre una voz libre e incómoda. Sufrió un atentado aún hoy desconcertante, perdonó al agresor, y se mantuvo muy sensible al mundo de los enfermos y del dolor, hasta llegar a su muerte ofrecida hasta el último suspiro, en cumplimiento del compromiso de servicio aceptado, sin bajar de la cruz. Un auténtico misionero de toda la tierra, que guió con mano firme la Iglesia católica hasta el tercer milenio.

Ahora es tarea nuestra imitar sus virtudes, aprender de su humanidad para los propios compromisos, en los nuevos tiempos que nos toca vivir, porque, si bien el mundo necesita maestros y líderes valientes, y hoy escasean, sigue siendo paradigmática la expresión de Pablo VI, de que por encima de todo, el mundo sólo hará caso de maestros y líderes que sean también testigos coherentes y auténticos. Siempre recordaremos las palabras tan conmovedoras de su primera homilía como Papa: "¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!"