San Juan XXIII, el Papa de la docilidad al Espíritu Santo

Cuánta alegría cuando el Papa Francisco proclamó, con solemnidad y emoción, que dos Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II, entraban en el catálogo de los santos de la Iglesia. Alegría pascual por estos dos grandes hombres que Dios ha concedido para que guiaran su Iglesia en el siglo XX. Alegría de Pascua y misericordia abundante las que eran festejadas por el Pueblo de Dios. El domingo día 27 de abril, fueron canonizados dos hombres buenos, siervos fieles de Dios, entregados totalmente y sacrificadamente a la humanidad. Los cristianos creemos que son ya felices eternamente, que pueden interceder por nosotros y que sus vidas son imitables, porque han sido "virtuosas".

Muchas cosas del siglo XX, aunque sea tan reciente, no se entenderían sin este gran Papa, Juan XXIII, Angelo Giuseppe Roncalli (1881-1963), un campesino humilde del Norte de Italia (Sotto il Monte-Bérgamo), diplomático en el Oriente de Europa, en Turquía y después en París, que sirvió como Papa entre 1958 y 1963. Con sus límites, que tenía como toda persona humana, y a la vez con una vida santa y abnegada, fue un gigante de humanidad. Juan XXIII, reconocido como "el Papa bueno", lleno de bondad y humildad, alegría y coraje para convocar el Concilio Vaticano II, que debía traernos la gran renovación de la Iglesia del siglo XX, tuvo la oportunidad de aprender la dimensión social de la fe cristiana a través de su obispo, cuando era cura joven y secretario suyo. Después fue un adelantado de las relaciones fraternas ecuménicas con el Oriente cristiano, y ya Nuncio en Turquía, durante la segunda Guerra Mundial, salvó muchos judíos ofreciéndoles pasaportes del Vaticano como peregrinos. Nuncio en París, se ganó la estima de todos y cuando ya mayor llegó a Venecia como Patriarca, todo parecía culminado, y en cambio fue elegido Papa. Pensaban en una transición, y revolucionó la Iglesia, anunciando a los tres meses que convocaba un Concilio ecuménico que tenía que cambiar tantas cosas. Tuvo un corazón abierto a todos, medió en temas de paz, y nos regaló al final de su vida la renovadora encíclica "Pacem in Terris", en la que acogía los Derechos Humanos en el patrimonio de la Doctrina social de la Iglesia. Ya en vida y especialmente en la muerte, fue tenido por santo. Fue amado como un buen Párroco del mundo, y él siempre dijo que ser párroco de pueblo es lo que más le hubiera gustado.

En su testamento Juan XXIII nos dejó palabras sabias: "Nacido pobre, pero de una familia humilde y respetable, estoy particularmente contento de morir pobre. Doy gracias a Dios por esta gracia de la pobreza en la que juré fidelidad en mi juventud, que me ha fortalecido en mi determinación para no pedir nunca nada –dinero o favores– ni para mí, ni para mis familiares y amigos (...) En la hora del adiós, o mejor, del hasta la vista, evoco también todo lo que más vale en la vida: Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, y en el Evangelio todo el Padrenuestro en el espíritu y en el corazón de Jesús, y del Evangelio, la verdad y la bondad, la bondad mansa y benigna, activa y paciente, invicta y victoriosa".

El Papa Francisco dijo de él en la homilía de canonización: "En la convocatoria del Concilio, San Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, "un guía-guiado", guiado por el Espíritu. Este fue su gran servicio a la Iglesia; por eso me gusta pensar en él como el Papa de la docilidad al Espíritu Santo". ¡Que ahora rece por nosotros, para que también seamos dóciles a la acción del Espíritu!