¡Bendito Pentecostés!

Cincuenta días hemos disfrutado de tu resurrección, Señor Jesús,
hemos experimentado el vacío del sepulcro, ya que la muerte ha sido vencida,
y sobre todo nos has hecho la gracia de tus apariciones,
y te hemos experimentado viviente y glorioso,
cordero degollado y erguido, con tu cruz vencedora que todo lo puede,
reconciliador y redentor nuestro
sentado gloriosamente a la derecha del Padre.

¡Y hoy es Pentecostés, el bendito Pentecostés,
y viene el Espíritu Santo, como Don para nosotros
y como alma de la Iglesia,
para llenar la tierra y renovarla, con un nuevo nacimiento en el Amor!

Gracias, Señor, por enviarnos tu Espíritu Santo.
Has rogado por nosotros, y el Padre nos ha dado otro Defensor,
que nos guiará hacia la Verdad plena.
Él nos defiende y nos sostiene, nos encamina en la confianza,
nos llena de vida y de amor eterno
y nos hace sentir la alegría de tu presencia.

Desde el bautismo habita en nosotros,
y por la Confirmación es un don recibido en nuestro interior,
que nos fortalece, nos defiende, nos aporta las palabras adecuadas,
nos enseña a orar, a sacrificarnos, a ser fuertes en las pruebas,
nos llena de gozo verdadero y nos da la paz.

¡Ven Espíritu Santo!
¡Llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor!
Despierta el espíritu apostólico de valentía y de testimonio
en todos los discípulos de Jesús,
para que todos sean uno y el mundo crea.
¡Danos apóstoles generosos y valientes,
llenos de fe y de misericordia,
que vayan contracorriente y prediquen con su vida
todo lo que el Señor Jesús nos ha enseñado!
¡Ven Espíritu Santo!

¡Os deseo una Santa Pascua de Pentecostés colmada de los frutos del Espíritu!

"Vía lucis" - Por el camino de la Luz (y 5)

En el seguimiento de las 14 estaciones o misterios de Luz, llegamos hoy a la finalización con las meditaciones 12ª, 13ª y 14ª que nos ayudan a acoger el Misterio de la Resurrección del Señor.

12. Jesús entrega a Pedro el ministerio de pastor de su rebaño. Texto: Juan 21,15-25. Es Jesús Resucitado quien encomienda a Pedro el ministerio de la unidad y de guía en la Iglesia, y ratifica, así, la promesa hecha a Galilea: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt 16,18). A él y a sus sucesores. Aquel que le había negado tres veces, tres veces le confiesa que le quiere "más". Tenemos la confianza cierta de que la Iglesia es conducida por el mismo Cristo, el Buen Pastor, a través de los pastores apóstoles y del sucesor de Pedro, que aman y por eso pastorean. Todo ministerio es un servicio de amor, y en cada ministro, especialmente durante la Eucaristía, actúa el mismo Cristo, a quien "re-presenta" humildemente en medio de los discípulos.

13. Jesús encarga a los Doce la misión de anunciar el Evangelio por todo el mundo. Texto: Marcos 16,14-18. Llegar a todo el mundo y anunciar la buena nueva a todos, con señales y prodigios que vencen el mal y curan las enfermedades, que unen en la confesión de la fe a todos los pueblos, lenguas y naciones. Pentecostés continúa renovándose, ya que Jesús Resucitado se mantiene fiel a su promesa de darnos el Espíritu Santo Defensor, el que nos hace confesar la verdadera fe, y lo que hace eficaz la predicación de los cristianos en los corazones de los oyentes. Llevamos el gran tesoro del Evangelio que todos deben poder conocer y acoger con fe. La Iglesia vive para evangelizar, para anunciar a todos que Dios le ama y que Cristo ha muerto para que tenga vida eterna. El Espíritu Santo nos ayudará a realizar la nueva evangelización hoy tan necesaria y urgente. Él nos precede en el corazón de los que le esperan.
14. Jesús sube al cielo para prepararnos la estancia. Texto: Hechos de los Apóstoles 1,2-11. No nos deja huérfanos, sino que vendrá para llevarnos con Él, para siempre. La Resurrección culmina en la Ascensión y Pentecostés, que lo muestran victorioso y glorioso, ya que es el Hijo amado del Padre, y lo revelan como aquel que nos da el Espíritu Santo, que nos defiende y llena de sus dones. Estamos llamados a la eternidad feliz con el Señor, y mientras vivimos en este mundo, somos enviados a actuar responsablemente. "Buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra" (Col 3,1-2). Vivamos como bautizados que han recibido la misma vida de Cristo. Así viviremos "el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la lealtad, la modestia... ¡marchemos tras el Espíritu!" (Ga 5, 22.25).
Que estas "estaciones" de luz que desgranan un Misterio tan grande, nos ayuden a hacer de la Pascua el tiempo más querido de todo el año, y a vivir una fe en Cristo que deje ver que ya hemos resucitado con Él y que es el Espíritu Santo quien nos guía en nuestro camino de discípulos del Señor. ¡Santa Pascua!

“Vía lucis" - Por el camino de la Luz (4)

Reflexionamos hoy sobre las estaciones 9ª, 10ª y 11ª del camino de "luz" y de vida, que recorren el Vía-lucis o camino de la luz de Pascua. Nuevos aspectos del Misterio más central de nuestra fe, que contemplamos y celebramos ayudados por los Evangelios.
9. Jesús defiende a sus apóstoles contra el miedo. Texto: Lucas 20,19.24.36. El miedo paraliza, hace más grandes los obstáculos, nos deja como muertos, incapaces de reaccionar, desanimados y sin fuerzas, inseguros y en la oscuridad... Y nos cuesta tanto perder el miedo... Seguramente el miedo es lo más contrario a la fe en Cristo Resucitado. Somos desconfiados y pensamos que el mal podría vencer. Sin embargo cuando Él se aparece a sus amigos, siempre les dice "¡No tengáis miedo!... Yo he vencido al mundo". Él viene a nosotros porque sin miedo, con paz, seamos libres, arriesguemos, nos sacrifiquemos, nos entreguemos del todo, sin llevar cuentas de lo que nos deben o de lo que nos hemos sacrificado. Necesitamos la gracia de la alegría verdadera, que elimina todos los miedos y hace vivir en la confianza y la paz de Cristo Resucitado. ¡Ven Señor, y defiéndenos del miedo!
10. Jesús anuncia que estará siempre con nosotros. Texto: Mateo 28,16-20. "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos". Un día y otro, y otro... sin fin. Él no nos dejará nunca de su mano. Es la mayor de sus promesas. Jesús se ha hecho realmente hombre como nosotros y ha querido quedarse entre nosotros por el don del Espíritu Santo que lo hace presente. Y si Dios está con nosotros, ¿qué vamos a temer? ¿quién estará contra nosotros? Jesús mismo se queda con nosotros por su Palabra, por la Eucaristía, por el hermano que nos lo hace cercano, por el pobre y desvalido con el que Jesús se identifica, y todo lo que le hacemos a una persona necesitada, lo estamos haciendo a Jesús mismo. Todo pasará, pero Jesús no pasará nunca. ¡Señor, creemos; pero ayúdanos a tener más fe! ¡Gracias por ser fiel a tu promesa! ¡Ven Señor y quédate con nosotros para siempre!
11. Jesús devuelve a los apóstoles la alegría perdida y los hace pescadores de hombres. Texto: Juan 21,1-7. Si salimos a pescar "de noche", sin la luz del Señor, "no pescaremos nada", pero si confiamos en su Palabra, pescaremos muchos peces, le veremos, y haremos las mismas obras que hacía Jesucristo. La Pascua es el retorno de la alegría a nuestros corazones, porque el Señor está vivo y el Padre lo resucitó, y porque la Iglesia da fruto, es siempre joven y está viva. Quizás volverán los motivos de tristeza, pero hay que vencer la tristeza con la confianza, y su fruto será la alegría. La alegría perfecta va unida a la humildad, al servicio, a la perseverancia de nuestros compromisos de vida y de amor. En la Pascua resuenan de nuevo las palabras de Jesús: "Os haré pescadores de hombres", indicando que debemos ser apóstoles suyos, acompañantes de otros que nos esperan y nos necesitan, atrayentes hacia la vivencia de las Bienaventuranzas del Reino de Dios. ¡Ven Señor, y haznos apóstoles tuyos, entregados y siempre llenos de alegría!

"Vía lucis" - Por el camino de la Luz (3)

Reflexionemos hoy sobre las estaciones 5ª a 8ª del camino de "luz" y de vida que conforman el Vía-lucis. Son otros aspectos del rico Misterio de la Pascua que contemplamos y celebramos cada domingo y en cada Eucaristía.

5. Jesús se aparece a María Magdalena y la convierte en apóstol de sus apóstoles. Podemos leer el texto de Juan, 20,11-18, y contemplar. Aquella mujer que había sido salvada del pecado y valorada como hija de Dios es la que se mantuvo fiel al pie de la cruz y después quería ungir el cuerpo muerto del Señor. Porque amaba mucho, arriesgó mucho aquella mañana del domingo y el Señor le salió al encuentro. Tuvo bastante con su nombre pronunciado por el Maestro Amado, ¡María!, para que le reconociera y creyera, ¡Rabboni!. Y fue enviada a sus amigos que dudaban y temían: ¡la hizo apóstol de sus apóstoles! Somos amados por Dios y la Resurrección nos lo demuestra de nuevo. Contamos para Dios. Podemos buscarlo de todo corazón como María, y lo encontraremos. Démoslo a conocer a todos los que nos rodean, proclamemos nuestras convicciones con coraje.

6. Jesús devuelve la esperanza a dos discípulos desanimados. Texto: Lucas 24,13-35. Aquellos que marchaban decepcionados hacia Emaús, lo sienten cercano, con el corazón ardiente, y aprenden de Jesús a releer con fe las Escrituras, a orar, a vivir de esperanza, y a reconocerlo al partir el Pan. Pidámosle también que "se quede con nosotros, porque atardece", que nos ayude a creer, que nos restituya siempre la esperanza, que nos conceda tener unos ojos nuevos y bien abiertos que le reconozcan en el camino de la vida y en la celebración de la Eucaristía, especialmente cuando la tentación del desánimo sea más fuerte. Resucitar tiene que ser ya desde ahora vivir con esperanza y alegría, porque el Señor camina con nosotros, nos sostiene y nos hace fuertes.

7. Jesús muestra a los apóstoles y a Tomás en especial, su carne herida y vencedora. Texto: Juan 20,24-29. "No seas incrédulo, sino creyente" nos dice también a cada uno de nosotros. La fe es el camino más sensato, más razonable, más humano... Creo, Señor, pero ayúdame a creer sin ver. "Dichosos los que crean sin haber visto". Hacer confianza al testimonio de los apóstoles y de los creyentes que nos han precedido. Y rendirse con actitud obediente y confiada: "¡Señor mío y Dios mío!". Podemos repetir estas palabras a menudo y dejar que calen hondo: ¡Jesús es "mi" Señor y "mi" Dios! La luz de Cristo disipa las dudas y muestra el camino humilde de la fidelidad que permanece.

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