"Sed perfectos como el Padre es perfecto"

Con la solemne beatificación de la Madre Ana María Janer, la Iglesia nos acaba de recordar que todos estamos llamados a ser santos, a amar como Dios mismo nos ama y a tratar de ser "perfectos como el Padre celestial es perfecto" (Mt 5, 48). Perfectos en las obras del amor, ya que hemos sido enviados, como Jesucristo, a ir por todo el mundo y a dar fruto, un fruto que permanezca (cf. Jn 15,16). Él nos está esperando en cada hermano necesitado, por pequeño que sea y por desconocido que parezca, ya que "cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,40).

Dios nos atrae a ser fieles a su amor y más que mandárnoslo, nos invita con delicadeza y ternura infinitas: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas" (Mt 11,28-30). Él nos atrae "con vínculos de amor" (Os 11,4) hacia una vida más feliz, una existencia llena de sentido, una vida que se entrega por amor y para el amor. Esto es la santidad. Y eso debe ser lo que más amemos y deseemos. "Amarte y servirte siempre y en todo" decía la nueva beata Ana María Janer.

El Concilio Vaticano II reclama de los cristianos que vivamos la santidad, a la que todos estamos llamados, y que con la ayuda de la gracia, todos podemos alcanzar, si nos dejamos trabajar por Dios mismo. El bautismo ha grabado en cada uno de nosotros la imagen de su Hijo y nos ha llenado del Espíritu Santo. Nos ha "divinizado", dicen los santos Padres cristianos de Oriente. De ahí que "todos los fieles están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad; con esta santidad se promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano" (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 40b).

A veces nos puede parecer imposible, y el diablo -que es el Mentiroso- nos va asegurando con sus mentiras que no lo podremos lograr y que sólo nos espera el vacío y la oscuridad de la muerte eterna. Nos dice mentiras sobre nosotros mismos, sobre el prójimo y sobre Dios. Pero lo cierto es que la luz de Cristo ha iluminado el mundo y nuestras vidas, con su Redención. Por esto cada santo y beato es una chispa de esa luz redentora que ilumina el mundo y enriquece a la Iglesia, la Esposa santa de Jesucristo. Por esto necesitamos los ánimos y el ejemplo de los santos, los que han salido vencedores en la gran tribulación. El ejemplo e intercesión de la beata Ana María Janer (ella que vivió y amó en el siglo XIX, tan convulso) nos ayudará a aprender el camino más seguro por el que, en medio de las vicisitudes del mundo, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y condición de cada uno (cf. LG 50).

Nos lo recordaba con fuerza el Cardenal Angelo Amato, legado del Papa, en la homilía de la beatificación de Ana María Janer: "Alabemos juntos al Señor por el don que hoy reciben Cataluña y España en la persona de la nueva Beata. Una vez más, vuestra noble patria es tierra fecunda de santidad y de caridad cristiana. Que nuestra celebración sea un gran signo de esperanza para todos. No nos dejemos encerrar por la tristeza de nuestro tiempo. Siguiendo el ejemplo de la Madre Ana María Janer, catalana de una pieza, no perdamos la esperanza, y mantengámonos firmes en la fe y fuertes en la esperanza."

Beata Ana María Janer, virgen y fundadora, ¡ruega por nosotros!

Con devota acción de gracias hemos vivido la beatificación de Ana María Janer, virgen y fundadora del Instituto de Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell, y ahora empieza el tiempo de su intercesión pública por todos y la hora de su ejemplaridad y estímulo a vivir en santidad. La sabiduría de la vida es dejarse ayudar por la gracia de Dios que nos va perfeccionando y modelando según la imagen del Hijo de Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Él fue la razón de la vida, el servicio y la entrega fidelísima de la beata Ana María Janer, y debe ser también nuestra alegría y nuestro mayor tesoro. "En todo amarte y servirte", decía ella, refiriéndose a Jesucristo, su gran amor, y será lo que dará sentido a nuestro vivir.

La beata Ana María Janer está en el cielo, nos lo ha certificado la autoridad apostólica de la Iglesia, y es ciudadana en plenitud de aquella ciudad de la que habla el Apocalipsis, que "no necesita del sol ni de la luna que la alumbre, pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero" (Ap 21,23). Desde la felicidad plena y la unión total con su Señor Resucitado, ruega ahora por nosotros y no dejará de hacer descender gracias y amor a sus hermanas, las religiosas de la Sda. Familia de Urgell, a los fieles de nuestra Diócesis de Urgell a la que estuvo tan vinculada, y a todos los que la invoquen por todo el mundo. ¿Quién no se siente hoy débil y pobre? Necesitamos la ayuda de Dios y de sus santos. La Virgen María y los santos y beatos son poderosísimos intercesores cerca de Dios para ayudar a los que peregrinamos por este mundo, perdidos y necesitados. La beatificación de Ana María Janer reclama que mantengamos viva su memoria e intercesión, que visitemos su sepulcro en La Seu, que la amemos e imitemos sus virtudes. Los que no son orgullosos ni están llenos de sí mismos, los que tienen corazón de niño, saben que necesitan de Dios, y seguro que le pedirán con paciencia, insistencia y perseverancia, con mucha confianza, todo lo que necesitan. "Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá", recomendaba Jesús (Mt 7,7).

La Iglesia ha aprobado la verdad de un milagro realizado por Dios gracias a la intercesión de Ana María Janer. Es científicamente inexplicable la curación instantánea, duradera y completa de la Sra. Anna Padrós, anciana muy deformada por un reumatismo poliarticular que la había dejado postrada en una silla de ruedas, llena de dolores y totalmente inútil. Ella quería curarse y ayudar, y con las Monjas que servían a los ancianos en el Asilo Municipal del Parque de la Ciutadella de Barcelona, en 1951 comenzó una novena a la Madre Janer y el día 9 de junio se obró el milagro: mientras estaba en la Capilla, de golpe se levantó de la silla de ruedas y comenzó a caminar con normalidad, gritando "¡la Madre fundadora me ha curado!". Y pudo pasar el resto de sus días ayudando en el comedor y en la enfermería del Asilo. Dios enviaba un signo para quien lo quiera ver, y ya sabemos que «solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos» (Antoine de Saint-Exupéry).

Recémosle también nosotros de ahora en adelante. La oración que la Iglesia ha aprobado para pedir la intercesión de la nueva beata dice: "Señor, Dios nuestro, tú que concediste a la beata Ana María, virgen, que tu Hijo Jesucristo fuera el ideal supremo de su vida y la razón de su entrega a los demás, concédenos, por su intercesión y por su ejemplo, el don de amarte y servirte en los más necesitados. Por Cristo nuestro Señor. Amén".

La nueva beata Ana María Janer nos alecciona

Demos gracias a Dios por la nueva beata Ana María Janer, intercesora y modelo de vida cristiana que nos atrae hacia la santidad de "amar siempre y en todo a Cristo". Dejemos hoy que sea ella misma quien nos lo explique, pues os transcribo casi íntegramente las palabras de la Madre Janer que leeremos en la Liturgia de las Horas cada 11 de enero, día de su santa muerte, cuando celebraremos su memoria. El texto es extraído de los Pensamientos, memorias, conversaciones íntimas, enseñanzas y consejos de eficaz influencia en la vida de Ana María Janer Anglarill. Nos dice:

"En su trato sean amables con todos, para conquistarlos a Jesucristo y ganarlos para el Cielo. Cuando estén enojadas o enfadadas no reprendan a nadie, porque la reprensión en dicho acto es inútil, ni hace buen efecto, ni es causa de enmienda en persona alguna. Sé de cierta persona, que cuando tiene motivo de estar disgustada lo mira bien, considera y entonces habla más bajito y cariñoso a los mismos domésticos y a los que le dan motivo de disgusto o enojo. Esto es hijas mías, sobreponerse, saber gobernar y ser superior a sí mismo.

"Sean humildes de corazón, no sólo de palabras; ya saben que Jesucristo vino al mundo, para corregir y detestar la soberbia, enseñando la humildad con sus actos. No son humildes las personas que a cada paso se llaman miserables, pecadoras. Sean amantes de la santa pobreza y no busquen comodidades, ni comidas exquisitas; si se las dan, tómenlas sin temor de faltar a la pobreza. Amen los desprecios, sin buscarlos ni pretenderlos, sino tomándolos del modo que vengan, por amor a Jesús. Conviene registrar el corazón para ver si alimenta alguna afición desordenada, y si la halla, exponga sus repliegues al Padre Director espiritual, porque no adelantará en la santidad la que así no lo haga. No tengan celos ni envidias; si alguna tiene estas pasiones, lleve de ello examen particular hasta verse corregida. Cada día, sin rutina y con fe ardiente, antes de acostarse, pregúntense: ¿Podrías hoy, presentarte ante Dios? Cuando llega el examen de la noche siempre me pregunto si he cumplido bien todos mis actos; si no es así tengo un pesar. Si bien lo he sabido ordenar, siento consolación y me parece que Dios está contento. Procuremos guardar la presencia de Dios que en la oración hayamos conseguido; en todo sitio y distribución, tener a Dios presente. Así, en las clases, trabajo, cocina, refectorio, recibidor; siempre, siempre, tener a Dios presente. ¡Oh, cuán hermosa es la práctica de la presencia de Dios y cómo eleva todas nuestras obras!

"No seré del mundo; mis fuerzas, mi bienestar, mi vida toda sacrificaré al servicio de mi Dios en la persona de los pobrecitos enfermos, de los desvalidos, de la niñez, y si conviene procurarles los alivios corporales cuidaré de ellos como una madre cariñosa; darles vida santa y moralidad, desarrollando sus facultades morales; enseñarles nuestra religión sacrosanta, instruirlos, hacerlos buenos cristianos y darle a Dios muchas almas, esto haré yo hasta llegar al sacrificio. Procuraré y practicaré, Dios mío, las virtudes religiosas; el silencio, la caridad para con mis hermanas, el sacrificio, la puntualidad, la santa pobreza; seré casta como un ángel, daré a Dios mi libertad, todo mi ser. Tú, Señor, me darás gracia para serte esposa fiel, que te ame mucho y te sirva en la persona de los enfermos, desvalidos. Tú, en cambio, en su día me dirás: ‘Entra, porque estuve enfermo y me socorriste; entra, porque tu lámpara siempre ardió'".
A partir de hoy le decimos: ¡Beata Ana María Janer, ruega por nosotros!

El carisma de Ana María Janer

Ya está cerca la beatificación de la Madre Ana Mª. Janer Anglarill (1800-1885), que llena de gozo la familia "janeriana" seguidora de sus huellas, así como a nuestra Diócesis de Urgell, que la tiene como hija muy ilustre, y a la Iglesia entera. El próximo sábado, el delegado del Santo Padre reconocerá la santidad y ejemplaridad de la vida de esta religiosa fundadora del Instituto de la Sda. Familia de Urgell, y la propondrá como una hoja de ruta luminosa en el seguimiento de Cristo.

Durante toda su vida, su lema de discípula de Jesucristo fue: "Amarte y servirte siempre y en todo". Con estas palabras expresaba de forma bien clara que su vida estaba completamente orientada hacia Dios, y por amor a Él, hacia el servicio concreto y generoso de los hermanos necesitados, en cualquier lugar y circunstancia. Su acción y su compromiso estuvieron plenamente arraigados en el amor a Dios y florecieron con abundancia hacia los hermanos, y por eso también hoy la figura de esta religiosa catalana del siglo XIX nos interpela y anima a todos nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, inmersos en la era digital. Porque el amor recibido y entregado no es sólo un lenguaje que traspasa las fronteras del espacio y del tiempo, sino que sobre todo es un don que viene de Dios y que nos conduce hacia Él, y por esto es eterno.
La Madre Janer experimentó íntimamente a Dios como fuente del amor, a través de la contemplación y del seguimiento de la persona de Jesucristo. Como Él, que «no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud» (Mc 10,45), la nueva beata escogió el camino del servicio humilde y silencioso al prójimo para dar testimonio de la proximidad amorosa de Dios. En los niños, los enfermos y los más necesitados, descubrió una presencia especial del Hijo de Dios encarnado, y se volcó en su servicio porque había entendido que, si se daba a los pobres y a los más pequeños, como hizo Jesús, Dios se daría totalmente a ella y podría experimentar plenamente la experiencia de ser hija de Dios.

Ana María Janer se sabía amada por Dios y quería amarlo. Y conocía el mandato recibido de Jesús: «Quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4,21). Su consagración a Dios como esposa de Cristo se materializó visiblemente en su generosa entrega a los hermanos desde los votos religiosos de castidad, pobreza y obediencia. Las Constituciones de las Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell describen su radicalidad evangélica con estas palabras: «Jesucristo es para Ana María Janer el ideal supremo de su vida y la razón de su donación a los demás. Su caridad, hecha servicio a los necesitados, viendo en ellos la imagen de Jesucristo, es signo auténtico de su amor a Dios, que crece y se fortalece por la búsqueda y el cumplimiento de la voluntad divina» (Constituciones nº 4).
En los difíciles tiempos de las luchas entre liberales y tradicionalistas, de guerras carlistas y revoluciones en Cataluña y en toda España, se prodigó hacia todos sin distinción, fueran del bando que fueran: «Yo recojo a todos los que tienen necesidad y están heridos", decía. Y siguiendo el ejemplo de san Pablo (cf. 1Co 9,22), exhortaba a sus hijas espirituales a hacerse «todas a todos como Jesucristo nos lo enseña».

La caridad cristiana, pues, fue el centro vital de la obra de servicio impulsada por Ana María Janer. Una caridad tierna y maternal, sin aspavientos o grandilocuencias, que encuentra la manera de hacer siempre bien al prójimo, rehabilitándolo y liberándolo. ¡Que su beatificación nos ayude a todos nosotros a reavivar nuestro amor a los hermanos y a Dios!