Dones del Corazón de Cristo

"Dones del Corazón de Cristo para la Iglesia y para el mundo", así ha definido el Papa Benedicto XVI a los sacerdotes, y con ellos, a quienes se preparan para el sacerdocio. El domingo más cercano a la fiesta de San José, celebramos cada año el Día del Seminario. Con ardiente acción de gracias, nos fijamos en los sacerdotes queridos de nuestro presbiterio diocesano, y en los 7 seminaristas de Urgell, así como los de todo el mundo, que ahora se preparan para el ministerio. Oremos por ellos y ayudemos a nuestro Seminario diocesano, "niña de los ojos del obispo" -como se ha dicho que es-, y lugar muy querido de los sacerdotes y de todos los fieles. Necesitamos buenos sacerdotes que nos prediquen la Palabra de Dios, que nos den los sacramentos de Cristo, y que nos guíen hacia el Padre con el testimonio coherente y convincente de su vida apostólica. Por esto invocamos con insistencia al Amo de la mies.

El Santo Padre Benedicto XVI ha escrito recientemente a los seminaristas de todo el mundo que se han puesto en camino hacia el ministerio sacerdotal, para darles ánimos, ya que a menudo han de afrontar muchas objeciones a su vocación y opiniones contrarias desalentadoras, que ven el ministerio como algo del pasado que debería desaparecer. Lo cierto es que los hombres seguirán teniendo necesidad de Dios, a pesar de los avances tecnológicos, y por ello necesitarán de los sacerdotes. Nos dice Benedicto XVI: "Sin Dios, la vida se queda vacía; todo es insuficiente. Dios está vivo, y necesita hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás. Sí, tiene sentido ser sacerdote: el mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre" (Carta a los seminaristas 18.10.2010).

El lema del Día del Seminario en este 2011 es "El sacerdote don de Dios para el mundo". Todas las personas del mundo son los amigos del sacerdote, por los que quiere dar su vida, a semejanza de Cristo el buen Pastor, que "da su vida por las ovejas" (Jn 10,15): niños y jóvenes, matrimonios y ancianos, enfermos, gente de la cultura y del mundo obrero, gente de la ciudad, del campo y los pueblos, personas solas, moribundos, pobres, emigrantes, encarcelados... El mundo entero es su parroquia. Por eso un sacerdote es un don inmenso para el pueblo de Dios y para todos. La misma caridad de Cristo le modela, y es el primer cooperador de la civilización del amor que quiere hacer llegar a todos los corazones, a todas las necesidades, a todos los rostros, a todas las edades... a todos, el amor de Dios. No es sólo que el sacerdote sea portador de los dones de Dios ¬-que lo es- sino que él mismo ha sido hecho como un don de Dios. Y lo que podemos hacer es dar gracias por los seminaristas y los sacerdotes. No son unos funcionarios de lo sagrado, ni los representantes de una institución fría, o figuras decorativas de un paisaje caducado... Son los portadores de una gracia divina que los invade y que se difunde en los que encuentran, son destellos de la verdad y manos caritativas que acompañan, sostienen, animan... Son cipreses que llevan a mirar hacia arriba, hacia Dios... Son célibes y son de todos, con amor tierno y universal. Y se dejan "comer" por todos. ¡Son... "otro Cristo"! Y así los debemos amar y venerar, a pesar de las deficiencias que puedan tener o las debilidades que nos muestren.

Demos gracias por los sacerdotes que hemos conocido y que nos han dado un buen ejemplo, que nos han ayudado en algún momento de la vida... ¡Y roguemos para que el Señor nos siga enviando santos sacerdotes, hombres de Dios obedientes, pobres y entregados, que prediquen al mundo con su palabra y su vida, que sean encarnados, auténticos y creíbles!