"Permaneced en mi amor" (Jn 15,9)

Estas palabras tan profundas del Sermón de despedida de Jesús, según el cuarto Evangelio (Jn cc.13-17), siempre me han impresionado mucho, y cuanto mayor me hago, más me estimulan. Las veo como el gran ideal de madurez de la vida. Es un mandamiento de Jesús lleno de dulzura y amistad, manda pidiendo, indica un camino de felicidad, invitando a seguirle. Permanecer, mantenerse, en el amor, algo hermoso y gozoso, se convierte en programa de vida: "vivir en el amor", amar siempre y a todos. Y además Jesús dice "su" amor, el que Él nos tiene, y no el nuestro, que siempre sería pequeño y débil, voluble y mortal. No nos podemos conformar con poco. Su amor dura por siempre (Sal 136) porque Jesucristo es la revelación del amor del Padre, y el dador del Amor que es el Espíritu Santo. El misterio de la Trinidad se ilumina mucho, cuando lo contemplamos como un misterio de amor personal. Y permanecer en su amor podemos comprenderlo como el mejor programa de vida y de "divinización" de nuestro vivir humano.

Al finalizar la gran fiesta de la Pascua que hemos vivido durante cincuenta días, ahora toca "permanecer" fieles a las promesas dadas. Una realidad que está poco de moda. Más bien parece que el mundo, los medios de comunicación, la gente... valoramos el cambio, la variabilidad, la adaptación y no el permanecer fieles a las propias convicciones de fe y de entrega esperanzada. Pero Jesús recomienda "permanecer" firmes en el amor. En el suyo, y en el nuestro, que le es respuesta agradecida, y fruto también de su gracia para con nosotros. Sta. Teresita del Niño Jesús proponía: "El Amor (que es Jesús) no es amado. Yo haré amar el Amor ", y lo afirmaba como su programa de vida. ¿Por qué no nos lo hacemos nuestro? Amar... y ser amados. Aquí radica toda la felicidad, cuando el amor es sacrificado, auténtico, solidario, generoso, sin guardarse nada a cambio, gratuito y alegre por el hecho de poder amar como Dios ama. En las colonias de verano con los niños ya hace años que cantamos una bella canción: "Ama si quieres ser feliz, ama y todo cambiará, ama y descubrirás la alegría de amar".

San Pablo proponía a los fieles de Corinto hace dos mil años un espléndido himno, grabado hoy en muchas lenguas en un monolito en el puerto de aquella ciudad griega, que sigue cautivando a todos los novios, que lo eligen como lectura de su boda, pero que no es sólo para los novios sino para todos los cristianos de todos los tiempos: "El amor es paciente, es bondadoso, el amor no tiene envidia, no es presumido ni orgulloso, no es grosero ni egoísta, no se irrita ni se venga... Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará nunca" (1Cor 13,4-8). Todo pasará menos el amor que permanecerá eternamente. Porque "Dios es amor, y quien está en el amor, está en Dios y Dios en él" (1Jn 4,16).

Se trata eso sí, de no perder de vista que hablamos del amor de caridad, que señorea y sublima el amor erótico o de amistad (cf. Benedicto XVI "Deus caritas est", su primera encíclica). Amor-caridad transfigurado por "su" amor, el que Dios nos infunde en el alma para redimirla y para habitar Él mismo en ella. ¡Qué alegría estar bautizados y confirmados ya desde pequeños! Pues Dios habita ya en nuestro interior, como nos prometía Jesús: "Quien me ama hará caso de lo que yo digo, mi Padre lo amará y vendremos a vivir con él" (Jn 14,23).

¡Recibid el Don del Espíritu Santo!

Hermanos,
a todos: ¡Santa Pascua de Pentecostés granada de Espíritu Santo!
Culmina la gracia de la Resurrección de Jesucristo
que rebosa de frutos y de misiones nuevas.

Dios se hace Don inmenso en su Espíritu de Amor y de Vida.
La plenitud de un Don que nos defiende del mal
y nos llena y diviniza para que seamos templos de su Amor.

El mismo que hoy vemos descender sobre los Apóstoles y la Virgen María,
Madre de la Iglesia y Madre nuestra,
nos ha sido dado -sin mérito alguno de nuestra parte-
por el Bautismo y la Confirmación,
y se renueva en cada Eucaristía, para darnos el Pan del cielo,
y para unirnos en un solo cuerpo y en un solo espíritu.

Es el don del Padre y del Hijo
que nos lo envían para morar en nosotros.
Es luz que nos ilumina
desde la interioridad de Dios mismo, que es la Luz indefectible.
Es aliento de vida y de alegría plena
que inspira nuestra oración y nuestra donación sacrificada.
Es la acción dinámica y creadora de Dios
que sostiene el ministerio de los sacerdotes y lo hace eficaz.

Él nos habla cuando escuchamos la Palabra y nos salva en los Sacramentos,
Él nos da la caridad que inflama nuestro servicio a los pobres,
Él reparte los carismas y ministerios en la comunidad eclesial,
y los reúne en la unidad de un solo Cuerpo, que tiene a Cristo por Cabeza.

Invoquémosle con fe y con mucha confianza,
ya que Él es Don y quiere ser dado para vivir en nosotros
y hacernos profetas valientes en el camino de la vida.

¡Ven Espíritu Santo!
Ayúdanos a creer y a confiar.
Fortalece nuestra esperanza para no desfallecer en las pruebas.
Purifica a nuestros ministros y a toda la comunidad eclesial.
Llena de paz nuestros corazones y haznos conocer y amar a Dios
para que busquemos siempre y en todo la verdad y el amor más grande.

¡Ven Espíritu Santo, que te necesitamos mucho!
¡Santa Pascua a todos los fieles de Urgell
y a todos los que nos visitáis desde lejos!

Los sacerdotes-apóstoles son transformadores del mundo (y 6)

La reflexión que he ido proponiendo a lo largo de esta Pascua sobre el ministerio de los sacerdotes-apóstoles como uno de los grandes dones de Cristo Resucitado, me lleva hoy a focalizar la atención sobre la misión que llevan a cabo los sacerdotes en el corazón del mundo y cerca de los laicos que tienen confiados. Siempre para que el Reino de Dios se extienda y todo se vaya conformando a la voluntad del Padre del Cielo, "que quiso reconciliarlo por Cristo y destinarlo a Él" (Col 1,20).

El inmenso don espiritual que los presbíteros reciben el día de su ordenación, de ser "re-presentantes" de Cristo, los prepara para una misión muy grande, universal y extensa de llevar la salvación a todos los rincones de la tierra y a todas las realidades de la vida de los hombres, ya que el ministerio sacerdotal les hace "otro Cristo". Es una misión sobre todo "espiritual" (conducida por el Espíritu), pero que cambia el mundo y la vida de las personas, y se arraiga en las realidades terrenales para asumirlas, purificarlas y transformarlas, llevándolas a su plenitud. Por esto deben estar animados de un espíritu evangelizador y misionero genuinamente católico, universal, que los lleve a no quedarse en los límites de la propia cultura, diócesis, nación o rito, sino que es necesario que se proyecten, con espíritu generoso, hacia las necesidades de toda la Iglesia y dispuestos a predicar el Evangelio en todas partes. Del mismo modo, nada de lo humano les es ajeno, sino que lo aman y lo profundizan, para que pueda ser comprendido y ensalzado por el humanismo cristiano integral, que dimana de la fe.
Dentro de las comunidades adonde es enviado, el sacerdote debe ser el hombre de la comunión y del diálogo para la unidad. Enraizado en la verdad y en el amor de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de anunciar a todos la salvación, está llamado a establecer con todos relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la verdad y de promoción de la justicia y la paz.

El sacerdote busca llegar a todos para anunciarles la fe cristiana y el amor de Dios. Hoy la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelización es tarea de todo el pueblo de Dios y reclama un nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión. Pero de los sacerdotes se exige que estén inmersos en el misterio de Cristo y que sean capaces de realizar un nuevo estilo pastoral marcado por la profunda comunión con el Papa, con el Obispo diocesano y entre ellos, en un presbiterio unido y complementario en las dedicaciones pastorales, así como por una colaboración fecunda con los consagrados y con los fieles laicos, en el respeto y la promoción de las diversas tareas, carismas y ministerios dentro de la comunidad eclesial. Debe ser generoso animador de los laicos, asistente de su fe y de su crecimiento, amigo y hermano suyo, guía y pedagogo en sus compromisos en medio del mundo, que es tarea propia de los fieles laicos. Desde vocaciones complementarias, todos colaboran en la implantación del Reino de Dios, y en el hacer crecer una civilización del amor inspirada en el mandamiento nuevo de la Pascua: amarse unos a otros como Cristo nos ha amado. En esto conocerán que somos discípulos de Cristo, por el amor que nos tendremos entre nosotros y con todo el mundo (Cf. Jn 13,34-35).


Los sacerdotes-apóstoles nos dan la Eucaristía (5)

Cristo Resucitado sigue alimentando a su pueblo a través del ministerio de los sacerdotes-apóstoles. Acerquémonos a la relación tan grande que hay entre los sacerdotes-apóstoles y el sacramento de la Eucaristía, que es presencia real y amorosa del Señor Resucitado. La Pascua nos lo vuelve a recordar y nos lo hace celebrar con alegría, especialmente en este Año sacerdotal.

El "sacramento de la caridad" que es la Eucaristía, es la donación que Jesucristo hace de sí mismo, y que nos revela el amor infinito de Dios para cada persona. En la última cena Jesucristo amó a los suyos "hasta el extremo" (Jn 13,1) y quería perpetuar ese amor hasta el fin de los tiempos. Por esto eligió unos hombres que, obedientes a su mandato de perpetuar su memorial (cf. Lc 22,19), continuaran repartiendo su Pan de Vida a la humanidad. Pascua, sacerdocio y Eucaristía están muy entrelazados. El Catecismo lo resume de forma precisa (n º 611): "La Eucaristía que Jesús instituyó en ese momento será el "memorial" de su sacrificio (1 Cor 11,25). Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla. Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: 'Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad' (Jn 17,19) ".

Nadie puede decir "esto es mi cuerpo" y "éste es el cáliz de mi sangre" si no es en el nombre y en la persona de Cristo, el único Sacerdote de la nueva y eterna Alianza. El sacerdote presenta a Dios la oración de la Iglesia y ofrece en nombre de toda la Iglesia el sacrificio eucarístico, agradable a Dios. Pero sobre todo actúa en la persona de Cristo, y debe ser muy humilde para no creerse que es el centro, sino dejar que el centro sea Cristo. Ha recibido un gran don y lo ha de transmitir mientras tenga un pábilo de vida, a todos los que el Señor mismo le ha confiado. Ya no se pertenece a sí mismo, la Eucaristía le ha desposeído de sí, para ser "comido" por los fieles y por todos los hombres, especialmente por los más pobres. El ministerio sacerdotal reclama darse del todo, como el mismo Cristo que se da en la Cruz y se da en el sacrificio eucarístico para ser comido y salvar el mundo.

La Eucaristía es acción de gracias y alabanza al Padre. Es memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo. Y es presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su Espíritu (cf. Catecismo n º 1358). Por eso reconocemos que es "fuente y culmen de toda la vida cristiana" (LG 11). Los otros sacramentos, así como todos los ministerios eclesiales y las tareas apostólicas, están vinculados a la Eucaristía y ordenados a ella. Porque la Eucaristía contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia, que es Cristo mismo, nuestra Pascua "(PO 5).

Si nos sabemos mendicantes necesitados del Pan eucarístico que nos fortalece y da Vida verdadera, debemos estar muy reconocidos de poder tener la presencia eucarística y poder comer el Cuerpo del Señor con asiduidad. Por todo ello conviene que agradezcamos el ministerio de los sacerdotes-apóstoles. Ellos son un gran tesoro para la fe y la caridad. Y a través de ellos, Cristo el Buen Pastor, sigue conduciéndonos y ayudándonos. Oremos por los sacerdotes y por aquellos que se preparan en los Seminarios a la ordenación, que sientan la responsabilidad de que su amor a Cristo Eucaristía se haga visible y significativo para todo el pueblo cristiano.