El beato John Henry Newman: "El corazón habla al corazón"

Durante el viaje oficial al Reino Unido hace un mes, el Santo Padre Benedicto XVI beatificó a John Henry Newman (1801-1890), hombre de gran sensibilidad y de corazón grande, sacerdote, teólogo e intelectual muy prestigioso, pastor entregado a todos desde las parroquias que sirvió y del Oratorio donde vivió gran parte de su vida sacerdotal. Fue creado cardenal en su vejez, por León XIII, "para honrar a toda la Iglesia". Ahora es un nuevo intercesor para la Iglesia. Dados sus orígenes anglicanos, puede ser un santo que -a la manera de los jóvenes mártires de Uganda- hermanará a católicos y anglicanos en un mismo amor por Jesucristo y la Iglesia, que anhela la santidad que es Dios mismo.

Emociona su amor radical a la verdad, su respeto a la conciencia, y su convicción de que la verdad siempre es liberadora. Tuvo que vivir en un ambiente difícil para la fe, con una fuerte secularización y combates contra los creyentes. Pero él se interesó por los problemas de la fe y de las razones para la fe, sin ser un escolástico ni un racionalista. Se interesó por el acto de consentimiento de la fe, la conciencia y su derecho a la libertad, el desarrollo del dogma, la eclesiología, los laicos y el retorno a la Biblia y a los Santos Padres de la Iglesia, que paradójicamente están en primer plano en las actuales discusiones teológicas. Por todo esto, ha sido considerado como un precursor del Concilio Vaticano II.

Siempre fue un buscador de la verdad, con sus escritos, pero por encima de todo con su vida entera, ya siendo anglicano y luego como católico y sacerdote. El lema del cardenal Newman fue "cor ad cor loquitur", "el corazón habla al corazón", lema muy sugerente. Como gran intelectual y hombre de cultura que era, Newman utilizó con inteligencia la razón para entender a fondo lo que la fe propone; sin embargo, como hombre santo que también era, se dio cuenta de que sólo con el corazón se puede captar la verdad profunda de Dios y del hombre. Comprendió la vida de todo cristiano como una llamada a la santidad, como un anhelo íntimo del corazón humano a vivir en comunión con el Corazón de Dios.

Toda la vida del cardenal Newman habla de una búsqueda apasionada de la verdad, de un deseo firme de coherencia entre vida y pensamiento. Su conversión al catolicismo a los 44 años, cuando ya era considerado una celebridad en la Iglesia de Inglaterra, responde a esta sincera y radical disponibilidad hacia las exigencias que brotan del Evangelio. Para él, la religión no era sólo un asunto personal y subjetivo, tal como lo consideraba gran parte de la sociedad de su tiempo, y también del nuestro, que aún la considera así. Reconocía en el cristianismo la fuente de inspiración del presente y del futuro de la humanidad, no sólo para las personas como individuos, sino también para las sociedades y las culturas en su conjunto. En la misión eclesial de ser luz del mundo y semilla de un mundo nuevo, el cardenal Newman consideraba esencial el papel de los seglares: «Deseo laicos que no sean ni arrogantes ni imprudentes al hablar, ni alborotadores, sino que conozcan bien la propia religión, que la profundicen, que sepan bien donde están, que sepan qué tienen y qué no tienen, que conozcan el propio credo hasta el punto de que puedan dar razón de su fe».

A mí ya me había cautivado desde hace muchos años, porque llevo el mismo nombre que él (¡y no somos muchos!) y me atrae su pensamiento de gran influencia en el Concilio Vaticano II, el acontecimiento eclesial que marcó mi juventud y el período más intenso de mis estudios. El ejemplo de este nuevo beato ha sido muy importante para el Papa Benedicto XVI, tal como él mismo ha manifestado: «Newman nos enseña que si hemos aceptado la verdad de Cristo y nos hemos comprometido con Él, no puede haber separación entre lo que creemos y lo que vivimos. Todos y cada uno de nuestros pensamientos, palabras y obras, han de buscar la gloria de Dios y la extensión de su Reino».

Un recuerdo agradecido del arzobispo Joan

"Sólo os pido que os acordéis de mí ante el altar del Señor". Así hablaba Sta. Mónica a su hijo San Agustín, al verse morir. Este próximo lunes día 11 de octubre se cumple un año de la partida hacia la casa del Padre de nuestro querido Arzobispo Joan Martí Alanis, fallecido a sus 80 años y que fue Obispo de Urgell y Copríncipe de Andorra durante un largo pontificado de 32 años. En este domingo día 10 he dispuesto que en todas las iglesias de la Diócesis roguemos por él ante el altar del Señor, para que Dios le dé su descanso eterno en la compañía de los santos. Encomendémoslo a la misericordia del Señor, que lo reciba en "el lugar del consuelo, de la luz y de la paz".

La promesa de vida eterna de Cristo Resucitado para los "siervos buenos y fieles en lo poco" (cf. Mt 25,21), sostiene nuestra esperanza en estos momentos de separación de un Pastor tan querido, hasta que nos reencontremos en el Reino que no tendrá fin. Con la distancia del tiempo, su figura se va engrandeciendo, y podemos proyectar más luz sobre su legado pastoral en la Diócesis, en las personas y en los sacerdotes que tanto amaba, en el Principado de Andorra y en todos los que le trataron. Su ejemplo nos ayuda a ir hacia Dios.

Más allá de las grandes cualidades y la inteligencia del arzobispo Joan, él fue un buen creyente, una persona que buscó siempre el amor, un pastor bueno que miró de unirnos en la caridad. Su lema y su escudo episcopal, que tiene tres rosas y un haz de espigas religado, son muy significativos: "La unidad en la caridad". Quería una Iglesia unida. Sufría cuando veía desunión. Quería un Principado unido, un país hermanado. Unión en la caridad, que es la virtud más sobresaliente de un Obispo, "la caridad pastoral", la entrega a todos, con preferencia a los niños y jóvenes, los ancianos y enfermos, a los más pobres... a imitación del Buen Pastor.
La Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo han sido eficaces para él. Cristo nos consuela profundamente ante el misterio de la muerte, que se lleva a las personas que queremos. Y nos asegura que el arzobispo Joan, por el que oramos en el primer aniversario de su muerte, ha pasado de la muerte a la vida porque eligió a Cristo y se consagró al servicio de los hermanos. Por eso, por más que estuviera marcado por la fragilidad humana -que nos marca a todos, ayudándonos a ser humildes-, la fidelidad de Cristo lo hará entrar en la libertad plena de los hijos de Dios.

Pasé dos años junto a él, como su Obispo Coadjutor, viviendo juntos en la misma casa, orando, concelebrando la misa, disfrutando de las conversaciones y la convivencia, y aprendiendo cerca de él. Y el Señor nos hizo la gracia de estar juntos en sus últimos días y horas en este mundo, con una intimidad bella, episcopal, fraterna y familiar. La Iglesia siempre que despide a un hijo difunto pide solemnemente: "¡Venid en su ayuda santos de Dios, salid a su encuentro ángeles del Señor, recibid su alma y presentadla ante el Altísimo!". Y así ocurrió, hace un año, el día de su nacimiento en el cielo del Arzobispo Joan. Murió en paz, abandonado en las manos del Padre, y mientras eran invocados todos los santos y santas de Dios. Podemos dar gracias por el don de esta vida realizada, como un don del Señor que le ha sido regalado por la gracia divina que Él ha depositado en el corazón de nuestro Arzobispo Joan. Encomendémoslo y encomendémonos a él. "¡Que repose en paz! Amén"

"Ya que Tú lo dices..." haremos de manera extraordinaria lo ordinario

Una vez terminadas las vacaciones y las cosechas, se reanuda la actividad habitual, y en los primeros días de octubre la Iglesia quiere que celebremos litúrgicamente las "Témporas", un día -el 5 de octubre- o dos días más, para dar gracias y hacer peticiones, pidiendo también el perdón y la conversión del corazón. También para las actividades pastorales de las parroquias, escuelas católicas, movimientos apostólicos, delegaciones diocesanas... acaba de empezar el nuevo curso 2010-11. Este es nuestro "tiempo favorable", nuestro "ahora" de cristianos, un tiempo de gracia, que no podemos desaprovechar, ni tampoco dejarlo perder perezosamente, sin aportar nuestro pequeño o gran esfuerzo. Dios quiere visitar y salvar nuestras vidas y nuestro mundo, ya que en Jesús "Dios ha visitado y redimido a su pueblo" (Lc 1,68). ¿Queremos ser colaboradores de Dios, deseamos que "venga a nosotros su Reino"? ¡Digamos que sí con mucha humildad, con generosidad, con fe!

El ejemplo nos lo dan los apóstoles cuando se pusieron manos a la obra después de que el mismo Señor se lo pidiera. Jesús dijo a Pedro y a los apóstoles: "Rema mar adentro, y echad vuestras redes... Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada, pero, ya que Tú lo dices, echaré las redes" (Lc 5,4-5). Todos podríamos encontrar motivos -si lo queremos- para estar desanimados, para no movernos, para esperar a tener el plan de acción infalible, para creer que son los otros quienes lo tienen que hacer... Pero vale la pena confiar de nuevo, prestarse a ser instrumentos de Dios, trabajar para hacer crecer el amor y mejorar lo que hemos encontrado... sin quedar prisioneros del pasado ni de las veces que no lo hemos logrado. Digamos a Jesús: "Ya que Tú lo dices... lo haré, ¡aquí me tienes para hacer tu voluntad!"

Toda la Diócesis de Urgell nos ponemos de nuevo en actitud de echar las redes para evangelizar. Con los arciprestes y los sacerdotes que peregrinamos a Ars en mayo, siguiendo las huellas de San Juan Mª Vianney, reconocemos que se trata de "hacer de manera extraordinaria lo ordinario", es decir, hacer muy bien, imitando en todo a Cristo, lo que ordinariamente ya vamos haciendo como Iglesia, lo que es ordinario en el trabajo pastoral. Este es el Plan diocesano para este curso, y bien conocido: predicar con fe la Palabra de Dios, mejorar la catequesis, anunciar a Jesucristo y testimoniar los valores de su Reino a quienes los desconocen, con proximidad y coherencia. Celebrar cuidadosamente los sacramentos, especialmente la Eucaristía dominical. Crear unidad y comunión de amor dentro de la comunidad cristiana, y hacer que esté evangelizadoramente presente en la vida de nuestros pueblos, creando lazos de amor, de respeto y de servicio. Priorizar la dedicación a los niños y a los jóvenes, a las familias, a los ancianos y a los enfermos, y sobre todo ayudar solidariamente a los que más sufren la crisis económica.... En una palabra, con confianza plena y porque Él nos lo dice, sin angustias ni muchos nuevos inventos, ¡hacer bien lo que tenemos que hacer! Es lo que nos enseña el santo Cura de Ars: ser santos en la humildad de una dedicación total a lo que nos toca hacer, según la vocación recibida.

Nos ayuda la oración que, al inicio de la semana, al recomenzar los quehaceres, la Iglesia nos enseña a decir: "Tu gracia, Señor, inspire nuestras obras, las sostenga y acompañe; para que todo nuestro trabajo brote de ti, como de su fuente, y tienda a ti, como a su fin." (Laudes del lunes de la 1ª semana).

"El fruto de la justicia será la paz" (Is 32,17)

Estamos viviendo una crisis económica, política y social mundial de gran envergadura que afecta a muchas personas y naciones, especialmente a los más débiles, y que a todos nos desanima pues cuesta salir de ella. ¿Tendrá sentido, aún, proyectar utopías, esperar un mundo mejor, más justo y solidario, más digno y pacífico, más unido? ¿Vale la pena luchar por la justicia? Tras la caída del muro de Berlín (1989) parecía que era la derrota de la última conciencia utópica de la humanidad y el inicio de la globalización del capitalismo desbocado triunfante. Dos años después de aquel hecho, Juan Pablo II publicó la encíclica social Centesimus Annus (1991) en la que identificaba las contradicciones internas del marxismo-leninismo, pero también las estructuras de pecado que emanan de un capitalismo sin alma. Nos conviene no olvidarlo, y tener mayor conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia, uno de los tesoros que la Iglesia ofrece al mundo, y que tenemos al alcance con el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.

Se nos impone la necesidad de reflexionar sobre qué futuro imaginamos. Hay que pensar en la viabilidad de una "civilización del amor", de una utopía creíble fundamentada en buenas bases antropológicas. El ser humano es capaz de amor (capax amoris - Max Scheler), por lo que la construcción de un reino basado en el amor gratuito y generoso no es imposible. Estimulados por el Espíritu del Dios Amor podemos vencer las estructuras de pecado y asentar una comunidad de paz y de fraternidad.

Los problemas que acosan al mundo no pueden ser una excusa para abandonar los horizontes humanos. Hay que tener muy presente la virtud de la esperanza y construir un orden del mundo basado en los dos vectores esenciales de la filosofía cristiana: el logos, que nos permite pensar y anticipar racionalmente los problemas, y el ágape, que nos hace semejantes a Dios. La razón nos hace lúcidos y capaces de progresar en el plano científico y social, pero el amor nos hace generosos en la transmisión de los conocimientos y en la extensión del progreso a toda la humanidad, teniendo como prioridad a los más débiles. El declive de las utopías no nos debe conducir al desánimo. Al contrario: la lucha por la justicia social, por la igualdad de derechos, por la defensa de un entorno natural habitable son especialmente urgentes en nuestro presente.

Las graves dimensiones de la crisis no nos han de conducir a la violencia o a la lucha, ni deben ser un pretexto para el desánimo y el desencanto, sino que deben servir para pensar de nuevo el modelo económico y social que hemos forjado y corregir sus errores y excesos. Escribe el Papa Benedicto XVI en su última encíclica Caritas in veritate: "La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De esta manera, la crisis se convierte en una ocasión para discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más que resignada" (n. 21). La generación actual de jóvenes y adultos está llamada a preparar el futuro y salvaguardar todo lo bueno del estado de bienestar, con unas relaciones laborales dignas, con unas ganancias empresariales honestas y proporcionadas, con una distribución realmente justa de la riqueza, y a hacer de este mundo un hogar donde todos podamos vivir dignamente, con la calidad que corresponde a un ser creado a imagen y semejanza de Dios, disfrutando, plenamente, del don de la vida que nos ha sido generosamente regalado. Así lo pedimos en estos momentos cruciales para nuestra sociedad.