Los sacerdotes-apóstoles son transformadores del mundo (y 6)

La reflexión que he ido proponiendo a lo largo de esta Pascua sobre el ministerio de los sacerdotes-apóstoles como uno de los grandes dones de Cristo Resucitado, me lleva hoy a focalizar la atención sobre la misión que llevan a cabo los sacerdotes en el corazón del mundo y cerca de los laicos que tienen confiados. Siempre para que el Reino de Dios se extienda y todo se vaya conformando a la voluntad del Padre del Cielo, "que quiso reconciliarlo por Cristo y destinarlo a Él" (Col 1,20).

El inmenso don espiritual que los presbíteros reciben el día de su ordenación, de ser "re-presentantes" de Cristo, los prepara para una misión muy grande, universal y extensa de llevar la salvación a todos los rincones de la tierra y a todas las realidades de la vida de los hombres, ya que el ministerio sacerdotal les hace "otro Cristo". Es una misión sobre todo "espiritual" (conducida por el Espíritu), pero que cambia el mundo y la vida de las personas, y se arraiga en las realidades terrenales para asumirlas, purificarlas y transformarlas, llevándolas a su plenitud. Por esto deben estar animados de un espíritu evangelizador y misionero genuinamente católico, universal, que los lleve a no quedarse en los límites de la propia cultura, diócesis, nación o rito, sino que es necesario que se proyecten, con espíritu generoso, hacia las necesidades de toda la Iglesia y dispuestos a predicar el Evangelio en todas partes. Del mismo modo, nada de lo humano les es ajeno, sino que lo aman y lo profundizan, para que pueda ser comprendido y ensalzado por el humanismo cristiano integral, que dimana de la fe.
Dentro de las comunidades adonde es enviado, el sacerdote debe ser el hombre de la comunión y del diálogo para la unidad. Enraizado en la verdad y en el amor de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de anunciar a todos la salvación, está llamado a establecer con todos relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la verdad y de promoción de la justicia y la paz.

El sacerdote busca llegar a todos para anunciarles la fe cristiana y el amor de Dios. Hoy la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelización es tarea de todo el pueblo de Dios y reclama un nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión. Pero de los sacerdotes se exige que estén inmersos en el misterio de Cristo y que sean capaces de realizar un nuevo estilo pastoral marcado por la profunda comunión con el Papa, con el Obispo diocesano y entre ellos, en un presbiterio unido y complementario en las dedicaciones pastorales, así como por una colaboración fecunda con los consagrados y con los fieles laicos, en el respeto y la promoción de las diversas tareas, carismas y ministerios dentro de la comunidad eclesial. Debe ser generoso animador de los laicos, asistente de su fe y de su crecimiento, amigo y hermano suyo, guía y pedagogo en sus compromisos en medio del mundo, que es tarea propia de los fieles laicos. Desde vocaciones complementarias, todos colaboran en la implantación del Reino de Dios, y en el hacer crecer una civilización del amor inspirada en el mandamiento nuevo de la Pascua: amarse unos a otros como Cristo nos ha amado. En esto conocerán que somos discípulos de Cristo, por el amor que nos tendremos entre nosotros y con todo el mundo (Cf. Jn 13,34-35).