"La justicia de Dios se ha manifestado por medio de la fe en Cristo"

Como ya viene siendo habitual, el Papa ha enviado a todos los fieles católicos un Mensaje para la Cuaresma que este año se inspira en el texto de S. Pablo a los Romanos (3,21-22) sobre la justicia que nos hace realmente buenos, justos. La Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en que volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. El tiempo penitencial debe ser para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino a cumplir toda justicia. Sin rebajar la dificultad del tema de la justificación en S. Pablo, quiere que no perdamos de vista esta "justicia de Dios" que recibiremos por la Muerte y la Resurrección pascual del Señor.

¿Qué es la "justicia"?, se pregunta el Santo Padre. Si respondemos que es "dar a cada uno lo suyo", nos damos cuenta en seguida que lo que el hombre más necesita no se lo pueden garantizar las leyes. Para ser feliz y disfrutar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que sólo se le puede conceder gratuitamente, y que es el amor que únicamente Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, le puede comunicar.

Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios, pero la justicia "distributiva" no proporciona al ser humano todo "lo suyo" que le corresponde. El hombre, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Y si nos interrogamos por la injusticia y el mal, vemos que no los podemos identificar en una causa exterior. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas, tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. El salmista reconoce amargamente su fragilidad: "en la culpa nací, pecador me concibió mi madre" (Sal 50,7).

¿Cómo podrá el hombre liberarse de este impulso egoísta y abrirse al amor? Saliendo de la ilusión de su autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia, con una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre? ¡Cristo, es la justicia de Dios! El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, sed de la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre quien repara, que se cura a sí mismo y a los demás. Y no son los sacrificios del hombre los que lo libran del peso de las culpas, sino el amor de Dios que acoge hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la "maldición" que corresponde al hombre, para transmitir a cambio la "bendición" que corresponde a Dios. La justicia divina es profundamente diferente de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los otros y de Dios, exigencia de su perdón y su amistad.

Se necesita mucha humildad para aceptar tener necesidad de otro que me libre de "mí" mismo, para darme gratuitamente lo que es "suyo". Y el Papa recuerda que esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia "más grande", que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien, en cualquier caso, se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar. Pidamos la gracia de la fe confiada en Cristo, que nos hace justos.