Somos discípulos del Nazareno

Cuando en los inicios de mi ministerio episcopal, visité a los sacerdotes barceloneses misioneros en el Norte del Camerún, lugar de mayoría musulmana, me sorprendió -y a la vez me gustó- que los niños nos gritaran alegres por la calle al vernos: "¡Nazara! ¡Nazara!". Me explicaron que aludían a que éramos cristianos. Y es que los seguidores de Jesús son conocidos por los musulmanes como "nazarenos", y esa es la palabra usada en el texto árabe del Corán (nazara). En cierto sentido, pues, somos nazarenos, es decir, discípulos de Jesús, el Nazareno. Aquel pequeño pueblo de Galilea, donde Jesús vivió durante treinta años una "vida oculta" de silencio, oración, trabajo y familia -fue el 90% de su existencia en la tierra-, es nuestra patria espiritual.

Decir Nazaret y Galilea es decir "Bienaventuranzas", el estilo de vida del Reino que Jesús "canta" como la felicidad plena de toda persona humana. Es en Nazaret donde Jesús vivió las Bienaventuranzas, antes de predicarlas. Y las pudo predicar, porque primero las había vivido intensamente, sencillamente, en la vida misteriosa de Nazaret (Cf. J.L. Martín Descalzo). Aquí está la fuente de nuestro "vivir en Cristo".

El seguimiento de Jesús el Nazareno, nos debe llevar a vivir la cotidianidad a veces gris de nuestros días con el estilo de Nazaret. El Catecismo (n º 531) dice: "Durante la mayor parte de su vida, Jesús participó de la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida diaria sin ninguna grandeza aparente, vida de trabajo manual, una vida religiosa de judío sometido a la ley del Señor, una vida dentro de la comunidad. De todo este período, sólo se nos ha revelado que Jesús era "obediente" a sus padres y que "crecía en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2,51-52)". El Papa Benedicto XVI en la peregrinación que el año pasado realizó a Tierra Santa, nos dijo desde Nazaret el 14 de mayo: "Quisiera atraer la atención de toda la Iglesia hacia esta ciudad de Nazaret. Todos tenemos necesidad, como aquí dijo Pablo VI, de volver a Nazaret, para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana".

Hoy se clausura con la fiesta del Bautismo del Señor el tiempo de Navidad y Epifanía, e iniciamos el camino de la vida "ordinaria", hecha de alegría por el bautismo recibido, que nos hace hijos de Dios y templos del Espíritu Santo, hecha de amor y de perseverancia en los propios compromisos, hecha de oración y de pequeños detalles y servicios, de responsabilidad en el trabajo y de ofrecimiento de los dolores y cruces de la vida, hecha de alegrías y de penas... Se trata de ser "santos" en las cosas normales y ordinarias de nuestra existencia. El Concilio Vaticano II afirma que "la llamada a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, se dirige a todos los que creen en Cristo, cualquiera que sea su categoría y estado" (LG 40). Todos están llamados a la santidad: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48). "La perfección cristiana sólo tiene un límite, el de no tener límites", enseña St. Gregorio Nacianceno (siglo IV).

Jesucristo, nuestro Dios y nuestro hermano, es la meta del camino de nuestras vidas, que está en Dios, y es el camino mismo -"Yo soy el Camino" (Jn 14,6)- por donde debemos transitar si queremos vivir de verdad la vida. Nos hace bien tomar conciencia nuevamente, en este año de gracia 2010, que apenas acabamos de iniciar. Seamos durante todo el año fieles a la inmensa gracia recibida en nuestro propio bautismo.