La familia esperanza del mundo (y 2)

Es constatable que las familias aguantan el tejido social en estos momentos de crisis económica tan brutal. Padres, abuelos, jubilados que dan estabilidad, pues aportan ingresos algo más fijos, y sobre todo apoyo y soporte en momentos de decaimiento, cuando parece que el futuro se vuelve oscuro y que quizá no tendremos oportunidades de remontar. Es entonces y en momentos de enfermedades graves, de bajas de salud, etc. que reencontramos el valor de la familia, de nuestra particular familia, que quizás no es la mejor de todas, pero que es el hogar donde somos y seremos siempre amados y aceptados sin condiciones, porque somos nosotros, y porque el amor todo lo puede y todo lo vence. La familia es el lugar natural del amor: entre esposos, entre abuelos, padres e hijos, primos, acogiendo a los más débiles... Y por más que hoy sea tan distinta, y que algunas cosas de ahora no nos gusten, podemos volver a valorarla y reencontrar la misma célula esencial de la sociedad. Nuevamente lo hemos constatado en las pasadas fiestas de Navidad, Año Nuevo y Epifanía: ¡qué suerte tener una familia y como añoramos a los que ya han traspasado a la vida eterna! Qué alegría poder estar juntos y recorrer la vida unidos, por más que haya alguna situación que reclame reconciliación y volver a empezar. ¡Redescubramos la familia como el santuario de la vida y del amor y demos gracias a Dios por las personas concretas de nuestras familias!

La familia tiene un protagonismo especial en el anuncio de la fe y de la persona de Jesucristo, como de hecho lo tuvo la Sagrada Familia de Nazaret. "Hacer de cada hogar un Nazaret", difundía nuestro san José Manyanet. Un gran ideal de virtud y de comunión en el amor. Creo que habría que resaltar aún más el valor actual de la familia de cara a la formación de la persona, una formación "integral" en todos los campos, sin olvidar la enseñanza de los valores éticos y la religiosidad profunda; igualmente es muy importante para la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, porque sólo unos padres y unos abuelos que se amen y vivan la fe, pueden hacer comprender, más allá de teorías, el valor que tiene en la vida tener fe en Dios y caminar acompañado por el sentido de la existencia, sabiendo que no termina en el vacío sino en la plenitud feliz y la eternidad que es Dios; y aún, en tercer lugar, el compromiso en el anuncio de Cristo a todos los que nos rodean. Es por ello que la familia está llamada a tener un papel muy relevante en la Nueva Evangelización.

Para que las familias sean actoras de la Nueva Evangelización necesitan realizar compromisos concretos para sembrar semillas del Reino de Dios. Estos compromisos podrían ser : una mayor comunicación en la familia, y por lo tanto comer juntos, padres e hijos, al menos un día entre semana para dialogar; rezar unidos alguna oración o leer antes el evangelio del domingo y comentarlo a la manera de cada uno; tener algún rincón de la casa con mayor silencio, con una imagen religiosa devota. Y ciertamente lo que ya sabemos que es esencial y que nos hace crecer en la fe y en las ganas de transmitirla: participar en la misa dominical, aunque no pueda ser de todos juntos, y cuidar aquello que signifique manifestar públicamente y con naturalidad nuestra fe cristiana: que sea conocido de los parientes y vecinos que somos católicos y, ya que nos aman y valoran, que también respeten y valoren que seamos cristianos, ya que ellos también recibirán algún beneficio.

¿Por qué no hablamos con los de casa y nos proponemos algunos de estos compromisos? Que este Año de la Fe ayude a todas las familias de cara a asumir en su vida, con urgencia, lo que somos: ¡evangelizadores!

2013: Tiempo para avivar la esperanza

Al entrar en el Año Nuevo 2013, creo que todos debemos haber pensado que este año nos convenía pedir, sobre todo, el don de la esperanza para cada uno de nosotros y para toda la humanidad. Para el nuevo año de gracia que el Señor nos regala, debemos proponernos un compromiso aún más fuerte de amor y solidaridad con los que nos rodean y con quienes más nos necesitan, ciertamente, pero sobre todo, necesitamos reavivar la esperanza. Lo he dicho en todos los retiros en los que he predicado últimamente y éste ha sido mi mensaje para el Año Nuevo. Tener esperanza, nos abre al misterio de nuestra existencia, que sólo se esclarece en el misterio del Hijo de Dios hecho realmente hombre como nosotros (cf. GS 22). El ser humano es el único que espera, porque está volcado hacia el futuro, hacia la eternidad. Y necesita la esperanza para vencer el miedo a todo lo que es adverso en este mundo. La esperanza está siempre muy relacionada con el vivir la fe en Dios de forma confiada y con amar de forma concreta y comprometida. Debemos fiarnos de Dios que nos dice hoy, como lo decía a los exiliados de su pueblo, tentados por la desesperación y el desánimo: "Sé muy bien lo que pienso hacer con vosotros: designios de paz y no de aflicción, daros un porvenir y una esperanza" (Jer 29,11).

El ser humano necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza. El hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior. El hombre es redimido por el amor. Un amor incondicional, absoluto. La verdadera, la gran esperanza del hombre, que resiste la adversidad a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo.

Y será la esperanza la que nos llevará a trabajar decididamente por la Paz. "Dichosos los que trabajan por la paz!" ha titulado Benedicto XVI su Mensaje para la Paz del día 1 de enero. Él destaca que "los que trabajan por la paz son los que aman, defienden y promueven la vida en su integridad". El Papa defiende el derecho a la vida y también el derecho al trabajo, a la libertad religiosa y el matrimonio entre hombre y mujer, y afirma que el terrorismo, las guerras, las desigualdades sociales y los fundamentalismos religiosos también representan un peligro para la paz. "La paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible. Nuestros ojos tienen que ver con más profundidad, bajo la superficie de las apariencias y las manifestaciones, para descubrir una realidad positiva que existe en nuestros corazones, porque todo hombre ha sido creado a imagen de Dios y está llamado a crecer, contribuyendo a la construcción de un mundo nuevo".

Durante todo el año que estamos iniciando, necesitaremos mucha "fe/ esperanza/caridad", las tres virtudes unidas como una única gran respuesta al Amor incondicional de Dios. Así podremos afrontar crisis, retos y dificultades con coraje, para animarnos en el camino de la vida, para superar fracasos y desencantos, para construir la sociedad más fraterna y justa que tanto necesitamos, para ser más solidarios con los que sufren, para amar a semejanza de Jesús, que nace humilde y pobre en Belén, y que santifica las aguas del mundo desde el río Jordán, para que nosotros podamos ser hijos de Dios por el bautismo. Pido para que la ternura de estos días de Navidad y Epifanía nos mantenga abiertos al amor, a la alegría ya la solidaridad. ¡Siempre con esperanza!

2013: Tiempo de fe por delante

Ciertamente que este año de la fe que vivimos transcurrirá en la mayoría de sus días y sus actos en este 2013 que acabamos de estrenar. Dios quiere que vivamos todo el año agradeciendo el don de nuestra fe, haciéndola más consciente, y avivando la respuesta a la gracia del Espíritu Santo que nos ha sido dada sin ningún mérito nuestro. ¡Todo un año para la fe, un año para la acción de gracias de nuestro bautismo!

Tiene que ser un año para que los contenidos de la fe sean bien vividos. Debemos conocer mejor aquello en lo que creemos -los contenidos de nuestra fe, el Credo-, y aún más, Aquel en quien creemos, y a quien creemos, porque tras todo acto de fe, hay un amor y una respuesta agradecida al Creador y a quien en Cristo nos ha revelado su amor y su predilección. Año de fe bautismal por el don que la Iglesia nos ha hecho. Año de seguimiento de la estrella que nos conduce a la Palabra de Dios y a Cristo, como aquellos Magos que celebramos en la solemnidad de la Epifanía, que viendo la estrella "se llenaron de inmensa alegría" (Mt 2, 10).

Una fe que debe llevarnos a mantener viva la esperanza. Fe es esperar, "contra toda esperanza" (Rm 4,18), confiar con aquella esperanza que nos sostiene en los momentos de sufrimiento, fracaso o desencanto, porque es frágil pero a la vez es fuerte. "Es una niña... que nos da los buenos días cada mañana... pequeña esperanza que se levanta cada mañana" (Ch, Péguy). Esperanza que no engaña, ya que se fundamenta en Dios mismo y en su amor, derramado por el Espíritu Santo. Él es nuestra esperanza, y queremos vivir confiados de sus promesas, seguros de que Él es el Dios fiel, que cumple lo que dice. Contamos con que no nos dejará nunca, ya que "eterna es su misericordia" (Sal 135).

Un año para vivir la fe descubriendo todas las posibilidades de la caridad y de la solidaridad con el prójimo. Y esto en tiempos de gran crisis económica y con tantas personas que sufren por carencias dolorosas, incluso injustas, será más importante que nunca. La fe sólo se hace viva por el amor concreto y responsable, ya que "la fe actúa por el amor" (Ga 5,6) y se demuestra por las obras: "el hombre es justificado por las obras, y no sólo por la fe" (St 2,24). Hagámonos un propósito de mantener la solidaridad con quienes tienen menos que nosotros.

En este año hemos de mantener los compromisos adquiridos, ser fieles a la lectura de la Palabra de Dios personalmente y en familia, sirviéndonos de la "lectio divina", y debemos valorar la oración que nos acerca y nos hace uno con Dios mismo. Será un año para unirnos en tres peregrinaciones: Lourdes, Roma y Tierra Santa, para reencontrar las raíces de nuestra fe católica, con María, la Virgen Inmaculada y los enfermos; siguiendo las huellas de los apóstoles, columnas de la fe; y acercándonos al Calvario y al Santo Sepulcro, para testimoniar con valentía que Cristo ha resucitado y que, quien vive y cree en Él, no morirá jamás (cf. Jn 11,26).

Será un Año para vivir una Jornada/Asamblea diocesana en junio, que será de fiesta y de testimonios relevantes de otros hermanos creyentes de la Diócesis, ya que la fe debemos vivirla en la Iglesia, que nos ha acogido y nos ha regalado el don de la fe que profesamos; y en comunión con el obispo y entre nosotros, para que no trabajemos en vano, sino que se multiplique la gracia y así demos un buen testimonio del amor de Cristo.