Por una reforma financiera ética y solidaria

El papa Francisco ha hablado recientemente ante un grupo de Embajadores y a los Miembros de la Fundación "Centesimus Annus" y ha pedido a los responsables políticos que tengan valor para afrontar una reforma financiera ética, remarcando que la solidaridad no es una limosna social, sino un valor social.

Hay muchos avances, es cierto, que contribuyen al auténtico bienestar de la humanidad. Pero también hay que reconocer que la mayoría de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo siguen viviendo en precariedad cotidiana, con consecuencias funestas. Algunas patologías aumentan, el miedo y la desesperación se apoderan de los corazones de muchos; la alegría de vivir va disminuyendo, la corrupción y la violencia aumentan, la pobreza se vuelve cada vez más impactante. Luchamos mucho por vivir y, a menudo, acabamos viviendo sin dignidad.

La crisis mundial que afecta a las finanzas y la economía pone de relieve sus deformidades, y, sobre todo, la grave falta de una orientación antropológica, y así la persona humana queda reducida a una sola de sus necesidades: el consumo. Y peor aún, el ser humano es considerado hoy como un bien que se puede utilizar y tirar. En este contexto, la solidaridad, el tesoro de los pobres, se considera a menudo contraproducente, contraria a la racionalidad financiera y económica. Mientras que los ingresos de una minoría crecen de manera exponencial, los de la mayoría van disminuyendo. Este desequilibrio proviene de ideologías que promueven la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando de esta manera el derecho de control de los estados, a pesar de estar encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone de forma unilateral y sin remedio posible, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y el crédito alejan a los países de su economía real y a los ciudadanos de su poder adquisitivo objetivo. A todo esto se añade una corrupción tentacular y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. Y el paro galopante priva del derecho al trabajo y de la dignidad de ganarse el pan.

Tras esta actitud se encuentra el rechazo de la ética, el rechazo de Dios. La ética molesta, se la considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder; es vista como una amenaza, porque rechaza la manipulación y el sometimiento de la persona. Y es que la ética lleva a Dios, que está fuera de las categorías del mercado. Dios es considerado por muchos financieros, economistas y políticos, como no manejable, incluso peligroso, ya que llama al hombre a su plena realización y a la superación de todo tipo de esclavitud. La ética permite crear un equilibrio y un orden social más humano, "hay que dar de nuevo su merecida ciudadanía social a la solidaridad" ha dicho el Papa. Y cita a S. Juan Crisóstomo: "No compartir con los pobres los propios bienes es robar y quitar la vida. No son nuestros los bienes que poseemos, sino suyos" (Homilía sobre Lázaro 1,6). Sería conveniente realizar una reforma financiera que fuera ética y, a su vez, que comportara una reforma económica saludable para todos. Y recordó que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promoverlos. Solidaridad desinteresada y retorno a la ética en la realidad económica y financiera. La Iglesia anima a los gobernantes a estar verdaderamente al servicio del bien común de sus pueblos. Son lecciones de convivencia y de fe vivida en la realidad social, que tanto preocupa.

El culto al Sagrado Corazón: misterio del amor de Dios

Así como hoy celebramos la solemnidad del Cuerpo de Cristo (Corpus) trasladada al domingo, intensificando la fe en la presencia de Cristo en medio de nosotros y en su amor que todo lo transforma, el próximo viernes celebraremos otra gran solemnidad litúrgica, el Sagrado Corazón de Jesús. Los jesuitas siempre han sido muy activos en promover esta devoción mayor en la Iglesia, y será una tarea siempre actual para los cristianos, continuar y profundizar su relación con el Corazón de Jesús para reavivar en sí mismos la fe en el amor salvífico de Dios.

El costado traspasado del Redentor es la fuente donde acudir para adquirir el conocimiento verdadero de Jesucristo y para comprender qué significa conocer en Cristo el amor de Dios. Así experimentaremos, con la mirada fija en Él, cuan inmenso es su amor, y aprenderemos a testimoniarlo a los demás. Decía Benedicto XVI: "El misterio del amor de Dios no constituye para nosotros sólo el contenido del culto y de la devoción al Corazón de Jesús: éste es al mismo tiempo, el contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana. (...) Efectivamente, ser cristiano es sólo posible con la mirada dirigida a la Cruz de nuestro Redentor" (Carta al P. Kolvenbach, Superior gral. de la Compañía de Jesús, 23.5.2006).

En el Año de la Fe nos conviene vivir con intensidad esta Fiesta y la devoción al Sagrado Corazón durante este mes de junio, orando intensamente, por que la fe entendida como fruto del amor de Dios experimentado es una gracia, un don de Dios. Quien acepta el amor de Dios interiormente, es configurado y modelado por él. La persona vive esta experiencia del amor de Dios como una llamada a la que debe responder. Los dones recibidos del costado abierto de Cristo Crucificado, del que brotaron "sangre y agua", hacen que nuestra vida sea también para los demás fuente de la que brotan "ríos de agua viva". La experiencia del amor inspirada por el costado traspasado del Redentor nos llena de confianza indefectible, y nos protege del peligro de replegarnos en nosotros mismos, ya que nos hace más disponibles a una vida de servicio y donación, a una vida para a los demás. La respuesta al mandamiento del amor se hace posible sólo a través de la experiencia de este amor, que ya antes nos ha dado Dios. El culto del amor que se hace visible en el misterio de la Cruz, eficazmente presente en toda celebración eucarística, constituye por tanto el fundamento para que podamos transformarnos en personas capaces de amar y de entregarnos. Este abrirse a la voluntad de Dios debe renovarse en todo momento, ya que también dice Benedicto XVI, "el amor no está nunca acabado y completo".

La mirada de fe y de confianza hacia el costado traspasado por la lanza, donde resplandece la inagotable voluntad de salvación por parte de Dios, no se puede considerar una forma pasajera de culto o una devoción menor o poco valiosa: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del "corazón traspasado" su expresión histórico-devocional, sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios. Vivámosla, digamos continuamente en este mes, "¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!" y descubriremos que la vida, las penas y sufrimientos, los momentos de soledad o de dificultad... se vuelven diferentes. Con el amor de Jesucristo, ¡lo podemos todo!

"El Espíritu de Dios reposa sobre vosotros" (1Pe 4,14)

Después de la fiesta de Pentecostés, en el tiempo abierto y largo de durante el año, vivamos la misión universal que nos ha urgido el Señor en el bautismo y la confirmación. "Id a todos los pueblos... Permaneced en mi amor"... nos pide Jesús (Mt 28,19 y Jn 15,9). Y para vivir con alegría la misión y para mantenernos en este amor divino, necesitamos al Espíritu Santo, el Defensor, el Espíritu que infunde la vida. Tenemos que vivir la fe "recordando" los dones recibidos en la Pascua celebrada, y para hacer fructificar esa fe, la fe pascual, especialmente con la vivencia del domingo, que es la pascua semanal de los cristianos.

Dios nos ha dado el Espíritu Santo que nos hace fuertes para que podamos dar testimonio de la fe y llevar a cabo el buen combate de la fe, contra el Mal, y sirviendo en todo, por amor a Dios y al prójimo, en un mundo bastante inhóspito que no nos acaba de ayudar a ser cristianos. Aquél que ha recibido el Espíritu Santo, que ha sido bautizado y confirmado, está por la vida, no puede estar nunca a favor de la "cultura de la muerte" (aborto, eutanasia, menosprecio de los discapacitados, pena de muerte, injusticias, guerras y terrorismo...). Porque la vida es sagrada, la vida es de Dios. Tanto si aún está en el vientre materno como si es un anciano o enfermo que ya no nos reconoce, respétalos, quiéreles, protégeles y acompáñales. Llevamos en nosotros el Espíritu de santidad, el Espíritu que "es Señor y dador de Vida", como profesamos en el Credo. Y tenemos que difundir estos valores esenciales en los que nos rodean. Necesitamos de las generaciones jóvenes cristianas que quieran aprender a ser gente que ama la vida, que está comprometida en favor de los oprimidos, que está por la justicia, por la paz y por la fraternidad. Y los jóvenes deben poder encontrarlo ejemplarmente en los mayores, en una comunidad de referencia que lo viva.

Comprometámonos por la justicia, elijamos la vida, busquemos la paz. En todas las celebraciones lo estoy pidiendo a quienes este año confirmo, por su actualidad en Cataluña y Andorra. Siempre estar por la vida. A veces puede resultar costoso, problemático, arriesgado. Pero debemos vencer los egoísmos y comodidades, las irresponsabilidades, y entre todos debemos construir una sociedad más justa y solidaria, donde toda mujer pueda llevar adelante su embarazo; donde toda familia que tiene un problema de salud pueda encontrar solución; donde las familias con problemas económicos encuentren ayuda y apoyo; donde nos estimulemos a cuidar de las personas dependientes, donde se cree trabajo y compartamos las tareas que pueda haber, para que todos puedan enfocar su futuro con esperanza, con la ayuda de Dios, ciertamente, y con nuestra cooperación.

"Si sois conducidos por el Espíritu... El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad" (Ga 5,18.22). El Espíritu de vida que Cristo da al fiel que se confirma, es el mismo Espíritu que creó el mundo, el Espíritu que nos hace nacer de nuevo. Es el Espíritu que como una fina lluvia de agua, fecunda la tierra árida y la hace fructificar. Es el Espíritu que fecundó las entrañas de María Virgen, e hizo que pudiera nacer Jesús, el Salvador. Es el Espíritu Santo que descendió como una paloma sobre Jesús el día del bautismo en el Jordán, y es el Espíritu que recibieron los apóstoles en Pentecostés, y que ahora, de verdad, se nos da a nosotros. Que a lo largo de la vida no olvidemos nunca que llevamos en nuestro interior un carácter que Dios nos ha regalado, un don que no perderemos nunca. Con el Espíritu Santo siempre saldremos adelante.

¡Santa fiesta de Pentecostés!

Queridos hermanos: 
¡Os deseo Santa Pascua de Pentecostés! 
Jesús ha cumplido su promesa 
y nos regala, gratuitamente, su Espíritu Santo. 
"¡Recibid el Espíritu Santo, el Defensor!
Acogedlo, dadle estancia, escuchadlo, dejaos guiar por Él... 
Es la Pascua del Señor. ¡Su paso de vida, alegría y paz! 

En este Año de la Fe, 
a todos os deseo un Santo Pentecostés, 
que aumente vuestra fe y confianza, 
llenos de la alegría de saber que Cristo nos ama 
y nos elige como testigos suyos, 
a pesar de todas nuestras negaciones. 

¡No tengáis miedo! El Señor está vivo y nos acompaña. 
¡Con su Espíritu, todo lo podemos! 
Nada puede encadenar ni frenar la libertad del Espíritu. 
Seamos gente de paz y de servicio, de una fe que actúa por la caridad. 
Testimoniemos con las obras que hemos resucitado ya con Cristo 
y que estamos llenos de la fuerza de su Espíritu Santo, 
que nos incita a toda obra buena, con fidelidad y generosidad. 

Estamos unidos, los carismas se complementan 
y somos una sola cosa en Cristo. 
Que lo que hemos vivido durante la Pascua, 
lo llevemos ahora a la práctica y lo testimoniemos allá donde estemos, 
con valentía y con perseverancia. 

A todos, ¡Santa Pascua de Pentecostés, 
granada de los frutos del Espíritu!