Nuestra fe, el don más grande (5). Cultivar la vida espiritual

La estrecha relación entre la propia fe y la vida espiritual que debemos cultivar es una realidad bien patente. Según los grandes analistas de las sociedades contemporáneas, se está descubriendo un interés creciente por la espiritualidad, entendida en un sentido amplio. Después de una etapa materialista y consumista, se abre, en el horizonte, una nueva concepción del ser humano, entendido como una realidad abierta a los dones del Espíritu, como un ser que trasciende su mera corporalidad, que nada de lo material no lo sacia y que busca una vida armónica y una existencia de calidad. Esta apertura es una ocasión para profundizar en nuestras raíces, pero también para crear puentes con personas que están en actitud de búsqueda, que esperan dotar a su vida de un significado pleno, que no se contentan con el modelo basado en el consumismo y en la banalidad, en el hedonismo fácil y el escepticismo práctico. Este resurgimiento del sentido espiritual es un buen augurio, admitiendo, no obstante, que toma formas muy diversas que no necesariamente encajan con el modo de entender la vida espiritual desde los ojos de nuestra fe cristiana.

Ciertamente que se dan hoy unas espiritualidades emergentes. Desde estas nuevas formas de espiritualidad se subraya especialmente el valor de la meditación. Se entiende que es un proceso de concentración profunda. A través de ejercicios de relajación y repetición de un mantra se trata de sumergirse en la profundidad del propio yo, en busca de lo absoluto anónimo.

Sin negar el valor de estas prácticas, hay que subrayar que la meditación cristiana es, esencialmente diferente, por ser apertura y relación con Alguien que nos interpela en un diálogo personal y amoroso. La meditación cristiana exige la participación de toda la persona de manera activa, consciente y voluntaria. Lejos de ser una huida de la realidad, nos enseña a encontrar el sentido pleno.

El diálogo con las nuevas formas de espiritualidad emergente es del todo necesario. Más allá de la fácil descalificación, hay que ver la semilla de verdad que hay en esta búsqueda de paz, de serenidad, de armonía y de sentido. Un diálogo así representa un reto para todos los interlocutores, una verdadera forma de experiencia espiritual. Se trata de escuchar al otro y de abrirse uno mismo en el testimonio personal.

El diálogo, a diferencia de un coloquio superficial, tiene por objetivo el descubrimiento y el reconocimiento común de la verdad. La apertura a la verdad significa disposición a la conversión. En efecto, el diálogo llevará a la verdad sólo cuando sea llevado a cabo, no sólo con conocimiento de causa, sino también con sinceridad y franqueza, con la acogida y la escucha de la verdad. Es un instrumento pastoral y sirve para la evangelización. En un diálogo auténtico, no faltará la fuerza irradiadora. Sin embargo, hace falta honestidad. Los interlocutores con perfiles limpios tienen mucha probabilidad de hacerse entender y de suscitar sincero respeto. Es necesario mostrar explícitamente quiénes somos y qué creemos en el momento de entrar en el diálogo y hacer realidad "el atrio de los gentiles".