Nuestra fe, el don más grande (4). Las preocupaciones de la vida

Amemos el don de la fe que hemos recibido, una fe que se preocupa de las inquietudes de la vida cotidiana. Hoy remarco tres más: la ardua responsabilidad de educar, el cansancio del modelo de sociedad, y el gozar de la vida.

1. - La ardua responsabilidad de educar. Muchos padres y madres, maestros y profesores viven la tarea educativa como una pesada carga y una grave responsabilidad. Tienen la impresión de ir a contracorriente y de transmitir unos valores y unas virtudes que no son, precisamente, las que se difunden a través de la sociedad. Se da un cierto escepticismo respecto al potencial que tiene la práctica de la educación. Hay que encontrar fórmulas inteligentes para que los padres, principales agentes de la educación, puedan educar a sus hijos según sus convicciones y valores. Ayudará mucho el encuentro intergeneracional y que haya comunicaciones fluidas entre la institución escolar y la familia. Los padres tienen el derecho y el deber de educar, pero necesitan un entorno y un marco que lo favorezca y haga posible la difícil transmisión de valores. En este proceso educativo, consideramos que es esencial la transmisión de conocimientos, de habilidades y de lenguajes, pero también desarrollar sus capacidades espirituales, el sentido de la trascendencia, la meditación, la oración y la contemplación.

2. - El cansancio del modelo de sociedad vigente. Muchos expertos de la sociedad occidental consideran que estamos viviendo un final de época, y que el ciudadano está fatigado del modelo de sociedad vigente, basado en la cultura del tener, del consumo, en el individualismo, en la competitividad sin misericordia, en el materialismo y el hedonismo. Por todas partes parece que emergen signos de un nuevo modelo de sociedad, basado en la cultura del ser, en la cooperación solidaria, en el aprecio por la naturaleza, en las relaciones de calidad, en la felicidad plena, abierta y atenta a la dimensión espiritual de la persona. En esta búsqueda de un modelo de desarrollo que integre la dimensión espiritual de la persona y de los pueblos, los cristianos estamos llamados a aportar nuestra experiencia y nuestra fe. En el fondo de nuestro ser hay una semilla de eternidad que es Dios mismo en nosotros, que nos llama a establecer un diálogo amoroso con Él, a crecer en todas nuestras potencialidades y a desarrollar al máximo nuestros talentos. La vida espiritual no es un añadido, ni un accidente en la vida de la persona, sino la base fundamental, el ámbito donde tienen lugar las grandes decisiones, aquel santuario interior donde se hace realidad el secreto diálogo de cada uno con Dios.

3. - No se trata de sobrevivir sino de gozar del don de la vida. Cada uno "es un don", como afirma Benedicto XVI en Caritas in veritate (2009). La vida es un regalo, pero también una tarea. Nos ha sido dada para disfrutarla, para deleitarse amando a los demás y la naturaleza, para edificar, con la fuerza del Espíritu Santo, lo que Juan Pablo II llama la "civilización del amor". Dios se da a la humanidad. Crea, se revela, envía su Único Hijo. Todo en Dios es don generoso y puro. Generosidad que, una sociedad mercantilizada, donde todo se compra y se vende, tiene dificultades para comprender, porque en ella todo está en venta. Hasta la infinita fertilidad de la naturaleza, la tierra y el agua, se convierten en mercancías. Y las personas son tratadas como cosas, que cuando ya no producen, se tiran. Necesitamos redescubrir al Dios de los pobres, de la gratuidad y la generosidad, para vivir como seres creados a su imagen y semejanza. Necesitamos construir una sociedad basada en la lógica del don.