Nuestra fe, el don más grande (3). Las preocupaciones de la vida

Continuamos profundizando sobre el don de la fe, y una fe que se preocupa por las inquietudes de la vida cotidiana. Hoy remarco dos más: los tormentos del alma, y el miedo a la dependencia, a la decrepitud y a la muerte.

1.– Junto con el dolor físico que intentamos combatir por todos los medios humanos y técnicos, porque nos lo exige la virtud del amor más grande, están los tormentos del alma que muchas personas sufren secretamente y ante los cuales, los cristianos tampoco podemos quedar indiferentes. Nosotros creemos que Jesucristo es el bálsamo y el consuelo de todos nuestros sufrimientos, la Fuente de la liberación. Creemos en el poder sanador de la Palabra de Dios y en el valor vivificante de los Sacramentos, particularmente, de la Eucaristía. De hecho experimentamos los límites de la razón y de la ciencia, a pesar de todo y de su desarrollo vertiginoso, y no podemos detener la muerte de los que amamos, ni prever el fracaso, el desencanto y la frustración. En nuestras sociedades, observamos que globalmente hemos progresado en bienestar material y tecnológico, y gracias al desarrollo de las ciencias de la vida y de las tecnologías de la comunicación, ha mejorado significativamente la calidad de vida de los ciudadanos, pero, a la vez, percibimos que no ha habido, paralelamente, un desarrollo de las facultades espirituales de la persona. Defendemos el derecho de todos a vivir, también de las personas más frágiles; aspiramos a que tengan una vida de calidad. Muchos malestares del alma de orden mental y emocional se pueden curar con terapias y prescripciones adecuadas, pero hay una serie de tormentos que son consecuencia de una atrofia de la vida espiritual. La sensación de vacío, la fatiga existencial, el desánimo, la moral de derrota, el escepticismo práctico, los remordimientos, la desesperación y otros tormentos del alma no nos pueden ser indiferentes y estamos llamados a proyectarles luz y a sanar estos estados con la fuerza del Espíritu Santo.

2. - Los sociólogos más calificados consideran que vivimos en la sociedad del miedo, y especialmente el miedo a la dependencia, a la decrepitud y a la muerte. Jesucristo exhorta a no tener miedo, a confiar en la mano poderosa del Padre del cielo, a vivir con la alegría de quien se siente salvado y querido por Dios desde toda la eternidad. El miedo paraliza nuestras acciones y creatividad. Es un sentimiento universal, expresión de la fragilidad y de la incapacidad para controlar nuestro destino. Se nos imponen unos modelos de perfección que no son adecuados a la frágil naturaleza del ser humano y cada vez hay más personas que no aceptan su vulnerabilidad. Jesús manda estar especialmente atentos a los más vulnerables y a responder activamente a sus necesidades (cf. Mt 25,40ss.). Nuestro modelo de humanidad no radica en la fuerza, ni en el poder, tampoco en el éxito... Nuestro modelo es Jesús. Él nos muestra que solamente si nos hacemos débiles, somos grandes; que los últimos, serán los primeros. La verdadera fuerza radica en el amor, en la capacidad de amar, porque cuando amamos expresamos lo más genuino de nosotros mismos, somos más parecidos a Dios, al Amor en plenitud. No nos tiene que dar miedo la debilidad, la enfermedad o la muerte. Son expresiones de nuestra finitud. No se trata de aceptarlas estoicamente, con resignación tan solo, sino de afrontarlas con la esperanza que viene de Cristo resucitado. A los ojos de Dios nos hace grandes el amor, la cruz y no la sabiduría humana, este amor que somos capaces de entregar generosamente a los demás. Amar la cruz no significa amar el sufrimiento; significa amar a fondo la humanidad, hasta el extremo de dar la vida por los demás.