Nuestra fe, el don más grande (2). Las preocupaciones de la vida

Vamos profundizando, en estos escritos, sobre el don más grande que hemos recibido de Dios: el don de la fe. Una fe que se preocupa de lo que vivimos, de las inquietudes de la vida cotidiana. Hoy quiero remarcar dos: la crisis económica con el sufrimiento de tantas familias, y la difícil gestión del tiempo.

1.- La crisis económica ha causado y sigue causando mucho sufrimiento. Es una experiencia negativa que nos tiene que hacer pensar y nos tiene que hacer capaces de leer a través de ella lo que hay que cambiar de nuestro sistema de vida. Es, como dice Benedicto XVI, "una oportunidad" (Caritas in veritate, n. 21). Nos exige repensar los modos de producción, de consumo y de intercambio, las bases de una nueva forma de economía que sea respetuosa con las personas y con el entorno natural. La crisis abre también nuevas formas de búsqueda de sentido. Nos damos cuenta de que no tenemos la vida bajo control, que somos frágiles y vulnerables, que nos necesitamos unos a otros para poder crecer y realizarnos. Nos hace humildes y es una ocasión para descubrir valores espirituales, como la oración, la escucha de la Palabra, la confianza en el Padre eterno que vela por nosotros. A la vez, es un momento oportuno para expresar los lazos de solidaridad y de caridad que tenemos entre nosotros y un estímulo para estar atentos a las personas que sufren, sea cual sea su condición. El Evangelio no nos da respuestas concluyentes a cuestiones de orden temporal, pero nos orienta en la vida práctica y nos ofrece criterios y pautas para afrontar la situación y no caer en el desánimo. En épocas de crisis, los cristianos, sostenidos por la fe en Jesucristo, en su muerte y resurrección, estamos especialmente llamados a sembrar esperanza. No una esperanza ingenua, sino el aliento de Espíritu Santo que sopla a través de nosotros y da sentido a todo lo que hacemos y decimos.

2.- Sobre la gestión del tiempo hay que notar que el ritmo de la vida en nuestras sociedades se ha acelerado y tenemos la impresión de que no disponemos de tiempo para lo que realmente lo merece: educar, amarnos, desarrollar nuestras capacidades, atender el hogar, crecer espiritualmente y, en el fondo de todo, para vivir con mayor plenitud nuestra existencia. La vida transcurre entre el trabajo y la resolución de mil necesidades. No la disfrutamos con todas sus posibilidades. Con todo, "hay un tiempo para cada cosa" (Ecli 3,1) y los seres humanos no estamos hechos solamente para consumir y producir, sino esencialmente para amar y ser amados. En último término, muchas cosas que parecen importantes no lo son, y quizá no damos la importancia prioritaria a las realidades que sí la tienen. Nuestra vocación más profunda es amar, pero ¿en qué consiste el amor? Benedicto XVI responde en Deus caritas est (n. 6): "El amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro". El malestar de la vida colectiva nos exige priorizar, discernir y saber encontrar ese equilibrio entre lo que debemos hacer en nuestra vida ocupada y el tiempo regalado para la comunión con Dios, el famoso "ora et labora" de St. Benito. La acción por la acción no tiene sentido. Necesitamos encontrar tiempo para el silencio y la meditación, para la contemplación, para la oración y la adoración de Dios, que en Cristo nos ha revelado su rostro. El tiempo de la vida humana nos ha sido dado para crecer como personas, que cristianamente significa, que Cristo debe crecer cada vez más en nuestro ser (cf. Ef 3,17) y que nuestra voluntad se mueva por su Voluntad, que se haga lo que Él quiere. Este aprendizaje espiritual exige tiempo, discernimiento y participación en los sacramentos.