Convertirse y creer

En el camino cuaresmal hacia la Pascua es necesario que nos convirtamos y que creamos en el Evangelio, como se nos dice al imponernos la ceniza. De alguna manera estas dos realidades forman una unidad inseparable, son como una gran y única actitud de seguimiento auténtico de Cristo. Él predicaba con fuerza ya desde el inicio de su vida pública: "Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15). La verdadera conversión a Dios consiste en acoger plenamente la Buena Nueva de Jesús, como la luz que dejamos que ilumine todos los rincones de nuestra vida, y al mismo tiempo, por la fuerza de Dios, ser testigos y mensajeros de esta Buena Noticia para los demás, es decir, ser unos discípulos-evangelizadores creíbles. Es el núcleo de la nueva evangelización a la que estamos especialmente comprometidos en este tiempo de "eclipse de Dios", dada la falta de fe y de esperanza que encontramos entre nuestros contemporáneos. Creer en el Evangelio es acogerlo plenamente, con actitud convertida. Y sólo si nos convertimos, convertiremos los hermanos. No puede existir un evangelizador que no se comprometa con el Evangelio, que no se sienta urgido a vivirlo de verdad.


Asimismo, la Cuaresma, por su íntima conexión con la Cruz del Señor, es un tiempo privilegiado para el ejercicio del amor al prójimo. Tiempo de caridad activa. Ni un solo vaso de agua será olvidado, si se da con amor y en nombre de Cristo (Cf. Mc 9,41). Debemos hacer un esfuerzo por transformar el ayuno y la abstinencia en una oportunidad para la comunión solidaria, sobre todo con el hambriento y también con todos los crucificados de la tierra, que tanto nos han de interpelar. "Cada hermano que muere de hambre pesa sobre la conciencia de todos", decía san Juan Pablo II. Ayudémonos a una auténtica y solidaria "limosna penitencial" de la Cuaresma y "no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras" (1Jn 3,18).

Continúa vigente lo que los Obispos de Cataluña decían en un documento que no ha perdido vigencia "La penitencia cristiana. Conversión de corazón y sacramento" (1973), cuando expresan que la Cuaresma es un tiempo particularmente favorable a una reflexión amplia y a la consecuente renovación eficaz de nuestra vida cristiana. Es necesario que la revisión de nuestra vida sea completa: que mire los diversos aspectos de la vocación cristiana a la que hemos sido llamados, nuestra vida desde todas sus dimensiones, desde nuestro interior hasta las relaciones más lejanas con todos. Debemos reconocer humildemente en qué fallamos y superar el ambiente de crítica que tantas veces nos hace fijar sólo en la mota del ojo del hermano, olvidando la viga del nuestro. Debemos querer conocer con sinceridad y corregir con valentía lo que hacemos mal y lo que no hacemos y que deberíamos hacer. Nuestro movimiento de conversión interior obtiene vigor y eficacia por la acción salvadora de Jesucristo sobre nosotros. Hay que hacer mención particular del sacramento de la penitencia por el que, como miembros de su Cuerpo místico y en comunión con todo el Pueblo de Dios, nos unimos misteriosamente con Jesucristo, que por la acción de su ministro nos perdona el pecado, nos fortalece el propósito de enmienda y nos da el Espíritu para que nos acompañe en la realización cada día mejorada de lo que el Padre quiere de nosotros. ¡Animémonos a convertirnos y creer en el Evangelio!